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Jorge Arturo Díaz Reyes - 30/05/2016

Llegó vestido de azul y oro nuevo pero salió con fulgores de oro vejo. Su lidia al cuarto adolfo de la tarde, "Malagueño", que salió a matar o morir, fue una gesta de tiempos idos. De tiempos heroicos. De tiempos legendarios.

Veleto y vuelto de puntas el cárdeno claro arrancó palmas de salida. No las agradeció. Nada de zalamerías. La cosa era en serio. Pronto mostró sus intenciones cazadoras. Seis lances domadores, a dos manos, obligados, bajos, poderosos, en seguidilla desde las tablas, le pararon en los medios con una revolera diciéndole que aquí había autoridad e informándole terminantemente quien la ejercía. Primera ovación.

Collado desaprovecha el encastado galope y le pone la puya trasera, pero el fiero vuelve de largo a la segunda empleándose y ganando respeto general. Mora y Mellinas le parean con emoción  y saludan avalados por las armas y la fibra de las embestidas.

Rafaelillo, trastos en mano, le saca con muletazos por bajo a donde pesan más los toros, donde se está más lejos de las ayudas. Allí, los dos solos, se trenzan en una batalla vida por vida. Siempre por la cara, el pequeño murciano dando a escoger su cuerpo o la muleta. Sin trampa ni cartón. Los viajes aviesos encuentran temple y aguante pero desembocaban en tornillazos y puñaladas al bulto. Igual por diestra que por siniestra. Quién dijo miedo. Pa delante.

La ligazón era imposible. Alguna tanda de tres hubo. Valió un Potosí. La pelea planteada por el toro obligaba el unipase. Pero cada uno de ellos valía más que muchas tandas, de esas que abundan por ahí, pues iba cuajado de riesgo, de verdad y de dominio. Cada cite un albur. Cada embroque una victoria. Cada desenlace un hachazo. La plaza, casi a tope, abrumada por el peligro, el valor y el dramatismo de la lidia la seguía en vilo, jaleando y jaelando.

Derechas y naturales, jugándose las tripas, trincheras y pases de pitón a pitón fueron sometiendo al insurrecto. Los desplantes de rodillas a cuerno empuñado no fueron alardes, fueron la demostraciónes de que la batalla había terminado y estaba ganada. Se había podido lo imposible. Se había demostrado que para eso es el toreo, para poderle a los toros que no quieren, no tanto para ponerse bonito acompañándoles caminatas dóciles.

Preparó con mimo la igualada, pero pinchó arriba sin soltar y luego clavó una honda en sitio que terminó tirando el adolfo contra las tablas. La vuelta fue un homenaje al dorado toreo de otrora.

El encierro fue difícil. Un Castella descolorido se llevó no solo el mejor lote sino uno de los toros de la feria, el segundo "Escribiente" al cual dejó ir con un lamentable recital de pico que solo complació al colectivo turista del público. Al quinto, un soso, noblote y flojo, de andar mortecino le puso al final el trapo al paso haciéndolo pasar por lentitud. Mal. Más que mal el torero de la empresa.

Escribano bulló y  bulló con portagayolas y quiebros estrechísimos por las tablas, sin hallar la lidia justa para sus toros. Lo corrida fue más para los aficionados que para los toreros y sus fans. Por fortuna estaba uno llamado Rafelillo.   

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