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Jorge Arturo Díaz Reyes - 24/05/2016

Juan de Castilla lo tuvo todo y lo desperdició. Alejandro de Marco vuelta por voltereta. Joaquín Galdós lo más estético de la tarde. Primaron la sosería, la blandura y el desrazamiento en los buenos mozos de La Ventana.   

Madrid 23 de mayo. Casi no llego. El avión salió de Cali con tres horas de retraso y sobre la carrera entré a la plaza tras el paseíllo. Tenía que llegar. Era corrida crucial para el paisano.

La reválida de la gesta con los cuatro novillos ocho días antes que lo puso por mérito propio en este cartel. Sustituto legítimo, fue recibido con esperanzada simpatía por el público de Las Ventas que ama esas cosas. Y para más fortuna (o infortunio) le salió el mejor novillo de la corrida.

"Resistemucho", negro, listón en castaño, chorreado, cornidelantero, 519 kilos, y poseído de una codicia noble y generosa, tolerante de mala puya, perseguidora de banderilleros, entonada en el ataque. ¡Todo a favor, Juan!

Y él, tras un lanceo sin parar, ilusionó con cinco genuflexas derechas bajas, a medios, para luego darse, por un lado y otro, a un muletear, distante, picudo y con toda la cara del bravo más allá de la muleta. Pero además camuflado con un temple retórico, impune y posturas pintureras. Este trato injusto no se lo merecía el toro, no se la merecía el público, y no se la merecía él mismo. Una oportunidad como esta es el sueño de todos. Jugar en Las Ventas, en San Isidro, con los ases en la mano, con la gente a favor.

Era el momento y el sitio para dar ese paso adelante que saca los toreros del montón. Había que darlo y no lo dio. A cambio, un metisaca tipo golletazo, un pincho y una estocada delantera y caída para ver como el arrastre se llevaba todos los honores en una ovación sentida y  justificada.

El astifino y acuerpado sexto, 533 kilos, que prometió pelea en los primeros enviones, cantó  que el paisa se había llevado el mejor lote, pero luego se paró, y este como tratando de salvar el sombrero del ahogado, echó mano de parones, alardes y desplantes a toro renunciado  que terminaron disgustando  a sus iniciales partidarios y ahogando las ilusiones.

Alejandro de Marco formal pero poco expresivo con sus también sosos animales fue premiado con vuelta no unánime tras dos volteretas que le hizo dar el primero. Auí también pasa. El peruano Galdós aunque silenciado brindó por su parte los pocos momentos de toreo en la tarde. Los brindó de manera esporádica entre otros muchos de vulgaridad, pero los brindó.

La novillada de la Ventana de El Puerto, bien presentada, pero mansurrona y floja, fue mal lidiada y peor muerta. La tarde soleada también murió con más pena que gloria.

 

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