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Jorge Arturo Díaz Reyes - 10/02/2015

Tenía sesenta y tres, era delgado, alto, calvo, parco, discreto, sólo, pensador. Blando en el trato, duro en las convicciones. Álvaro Wolff Idárraga, paisa de ancestros alemanes y vascos, tuvo una profesión, educador, y dos aficiones; la guitarra y los toros.

Estas las cultivó con religiosidad. Llevó la primera del oído al alma y del alma a la interpretación, en la cual a fuerza de hábito alcanzó maestría. Tocaba para sí. Tanto profundizó que sin ánimo de lucro se hizo constructor artesanal. No quiso morir sin terminar la última. Hizo ambas cosas y después lo cremaron, sin pompa, como había pedido, como había vivido.

La otra le apasionó desde niño, jugando al toreo, alistándose como acomodador en los tendidos de la vieja Macarena de Medellín para ver todas las corridas. Luego, adulto devoto, dejando por años un rastro de plata en las taquillas e incubando largamente un fundamentalismo ascético, que al final no encontraba toro, torero ni toreo suficientemente puros.

A comienzos del 2003, la demolición de la vieja plaza y la muerte de su padre y compañero de corridas marcaron la ruptura. Fue su última temporada. La idea que sublimó del rito llegó a serle incompatible con la realidad y decidió no volver. Nunca.

Decía el gran "Guerrita" que resulta más difícil hacer un buen aficionado que una figura del toreo. Por tanto, perderlo también debería ser más doloroso, digo yo. Sin embargo no es así, el retiro y la muerte de las figuras sacuden la fiesta con estruendo. Se las llora y canta por siglos. Mas a los buenos aficionados, que igual se retiran (a veces) y mueren (siempre), se les ignora.

Álvaro fue mi amigo. En estos años de su ostracismo, nos encontrábamos después de las corridas, me pedía que se las contara. Escuchaba paciente, callado, moviendo escéptico y tal vez nostálgico su cabeza de artista. Nada más. Últimamente habíamos dejado de vernos. No pudimos despedirnos pues abandonó la vida de pronto y en silencio, tal como doce años antes abandonó la devoción que le significó tanto.

Su muerte me duele, pero sé que no afectará la fiesta. Su apostasía sí, porque la culpa, la estigmatiza, la identifica con sus impostores, y sumada con la de tantos otros creyentes que hastiados de sufrirlos reniegan, podría llegar a destruirla. Primero que los antitaurinos.

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