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Jorge Arturo Díaz - 04/07/2017

Si la imposición de una supuesta superioridad racial, es racismo y la moral, moralismo; la cultural, bien podría llamarse "culturismo". No como aquel de hipertrofiar los músculos, digo, sino el de usarlos contra culturas presuntamente inferiores.

En la historia, estos tres "ismos", generalmente movidos por otro poderoso, el economismo, han justificado segregación, prohibiciones, persecuciones, guetos, hogueras, genocidios, guerras.

El miedo al otro, su extrañamiento, eliminación o reducción han sido constantes veneradas. Por doquier, avenidas, parques, plazas están jalonados de monumentos a héroes y mártires de tales empresas.

¿Resultado de tanto esfuerzo y sufrimiento? Un mundo aún más abigarrado, variopinto, politeísta y multicultural, paradójicamente precipitado por su propia inercia (progreso) a una globalización turbulenta e irreversible.

El mercado, la vida exigen libre flujo de cosas, personas, modos y modas. Todos con todos en Internet. Ciudades, países, mosaicos de razas, cultos y culturas. El extraño a centímetros, en el barrio, el trabajo, el metro, el estadio, la escuela.

¡Tolerancia! comenzaron a clamar los liberales desde el siglo XVII. Asumir lo diverso como carácter y patrimonio de una sola humanidad. Cada individuo, cada comunidad, cada minoría como es y en paz.

A Europa (Torre de Babel), donde se reconocen 23 idiomas oficiales y quizá cientos de lenguajes autóctonos, han migrado muchos más. La Unión Europea, comprometida en respetar la identidad cultural de los asociados, pretende aclimatar también la de los advenedizos.

Tradiciones duras como la circuncisión sacra de bebés, el degüello ritual de corderos, las matanzas; kosher (judia), pascual (cristiana), halal (islámica), son aceptadas allá. Igual que la folclórica muerte del cerdo navideño en Latinoamérica o del pavo de acción de gracias en el norte.

Liberalidad integradora que choca con la satanización de la tauromaquia, rito cultural autóctono, ancestral. En Colombia, por caso, este "culturismo" es agitado en el parlamento, a coro con las consignas del terrorismo antitaurino callejero, por políticos nominalmente liberales.

Increíble. Repito, políticos nominalmente liberales, atacando, sin asomo de vergüenza, los fundamentos del partido en que medran; tolerancia y libertad.

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