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Jorge Arturo Díaz Reyes - 13/01/2015

Ha terminado la feria. Ya es pasado que se aleja, difuminando los recuerdos, para quizá dejar al final en la memoria solo una cifra, 60, y dos nombres, Julián López y César Rincón.

La cifra, más que pura estadística. Sesenta ferias, toda una historia desde la tarde dominguera (enero 23 de 1955), en que José María Martorell, César Girón y Ángel Peralta, la iniciaran. Cuantas cosas han pasado.

La principal, el afianzamiento de una tradición y un concepto propios. El toreo habita cada hogar de Manizales. A su manera, claro. Todo supeditado a la coreografía, comenzando por el trapío, y terminando por la esencia. Lo bonito de la ejecución, el colorido, la música, la coreografía. Un animal, que por hechuras y talante se deje parar, templar, mandar y ligar sin fin. El festival es gala.

Así lo disfrutan, lo viven y defienden. Es idiosincrasia. Quien no la tolere, no venga, pero tenga la seguridad que si la fiesta pierde la guerra en Colombia esta será la última trinchera.

Los nombres, dos ilustres. Uno en triunfo y otro en derrota. “El Juli”, cuatro faenas y media (una de festival) que fueron juntas exhibición enciclopédica. El torero más largo de la época, liberado de las exigencias de la lidia fiera, explayó frente a los inofensivos pastueños, iguales que los de otros, todo cuanto su talento, sentimiento y los más de quince años en la cara del toro han acumulado en él. Joven aun, con el rostro marcado a cornadas. Llenó la plaza con su presencia y controló de principio a fin todos los elementos de la corrida, desbordando, dueño de la feria.

César Rincón, torero histórico, ganadero transatlántico y comentarista radial. Es con todo, la máxima gloria taurina del país. Un ícono, un ídolo, un emblema. Pero su hierro, el de más alta cotización aquí, escogido para la conmemoración goyesca, se derrumbó por la inestabilidad e incoordinación de sus ocho toros, convirtiendo la evocadora corrida en un vórtice de frustración, rabia y reproche.

Cierto, había temores, prevención y si se quiere predisposición. Pesaban muchas cosas. La púrpura, los antecedentes, y sobre todo el repicar y andar en la procesión (micrófono en mano). Pero el fracaso no hubiese pasado de ser eso, una corrida fallida como tantas, de no haber sido quien es el ganadero. Al fin y al cabo como decía el sabio “Gallo” una bronca dura solo quince minutos…

Lo que apesadumbró fue la reacción de César. En lo más duro de la infamante protesta, taparse. Bajarse demudado de su palco radial, irse del callejón, ocultarse. Fue terrible ver eso. Un hombre que ha enfrentado con heroísmo las más duras adversidades. Un paradigma de valor, que jamás volvió la cara en el ruedo, en las tragedias familiares, en la devastadora enfermedad, cediendo a una rechifla irascible. Imagen imposible de borrar. Las otras irán cayendo con las hojas del calendario. Esta no.

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