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Jorge Arturo Díaz Reyes - 01/04/2015

Sol, calor, sudor. Estrechez dentro del traje rosa. Bullicio, la plaza llena cumple años. Las banderas del tejadillo flamean duro. La tablilla muestra: “Sonajero”, 536 kilos, Ambaló.

Es el segundo, negro, bragado, astifino. Bravucón, puntea las capas y el peto. Arrolla los banderilleros. Es bruto. Es un problema. La cosa no pinta bien. Hay que hacer algo.

Tiro la montera y me arrodillo. Ahí mismo, en los medios. De largo, con la muleta por delante. Un gesto, siempre da resultado.

Se arranca de las tablas. Galopa. El suelo trepida. Lo espero quieto, boca seca sonriente, la tempestad va por dentro. Persigue rabioso la muleta, en redondo. !Eso! Una, dos, tres, cuatro veces. Me pasa por la cara como un tren, resoplando, salpicando arena, relumbrando los ojos, obligándome a entrecerrar los míos.

Repite frenético, achicando más y más los círculos del recorrido, mientras el rugido colectivo se agranda. Siempre funciona. Siento la vibración general, el poder de mi brazo, la excitación del dominio. Soy el centro.

Entre óles alcanzo a distinguir la voz de José --¡Párate! ¡Párate! --¿Cómo me voy a parar. No ves cómo está el público? --Respondo mentalmente. Al tiempo que un cañonazo en el pecho, me dispara por el aire. Vuelo desarticulado, la plaza gira, no hay dolor, ni sonido.

Caigo hecho un enredo, indefenso. Pitonazos y pitonazos furiosos. Las costillas crujen. Uno cala el cuello y asoma entre mis dientes, áspero, amargo, lijando los labios. Cuelgo como pez en anzuelo. Revuelo de capotes y arena. Gritos, chillidos, confusión. Me lo quitan. Corren conmigo.

En la enfermería me desnudan con prisa, buscan las venas. Oigo al médico --Dos heridas y traumatismos. Es grave, hay que operar ya --Pienso por primera vez en el fin... Todo se apaga.

De pronto veo la foto, grande, a color. Barrera de por medio abrazo a Marco Emilio Ocampo, el cirujano de la plaza. Es amigo. Le debo la vida. Le brindo el toro. Abro los ojos. No, aún estamos en el quirófano. Seguimos allí. El anestesiólogo dice --Terminamos.

Vuelvo a la fotografía. --Sí, es él, pero no soy el torero que le brinda... Es rubio, es... Manuel Díaz "El Cordobés".

--Entre brumas recuerdo la cita en el consultorio, cuando mirándola en la pared, revivimos con Marco aquel 28 de diciembre del 98. Estábamos programando esta cirugía... No, no fueron dos cornadas las mías, fueron dos vulgares hernias. Pura narcosis anestésica.

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