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Jorge Arturo Díaz Reyes - 25/05/2016

Madrid 25 de mayo. De comienzo, un aire de prevención recorría los atestados graderíos. Habían cambiado la ganadería anunciada sin una explicación precisa, y en el centro del tendido siete una pancarta exigía "trasparencia en el manejo de corrales". Eso, la resaca del histórico regreso de David Mora ayer, la preconcebida hostilidad de un sector contra El Juli, y hasta el cielo nublado hacían presentir que pasara lo que pasara no habría fiesta.

Y no lo hubo. Fue una tarde sosa, salpicada de prejuicio, mala leche, subjetividad y tedio, en la que el encierro sustituto, con su falta de bravura, fuerza, simetría (120 kilos de diferencia entre 1° y  6°), y con esa docilidad bobalicona, tuvo no poca responsabilidad. Tres fueron protestados de salida y el sexto devuelto.

Y los toreros… También pusieron lo suyo. Era un cartel fuerte. Obligaba. El Juli, figura máxima, Perera triunfador del San Isidro hace dos años y el joven López Simón con tres puertas grandes consecutivas aquí en sus anteriores comparecencias. Además, y por supuesto, lleno total. Obligaba, sí señor. Pero no estuvieron en su mejor versión. Tampoco bajo promedio. Pese a los pitos insidiosos a destiempo y el ¡Puuum Peeetardo! gritado en el quinto toro. Tampoco hubo tal.

Hay quienes se sienten insultados por la tauromaquia de El Juli. Bien, están en su derecho, también pagan. Pero de ahí a tener la razón en el prejuicio hay un trecho. Chiflar, mofarse, incordiar cuando en los medios, se para, se templa, se manda, se carga la suerte y se liga, por la derecha y por la izquierda, en redondo, sin enmendar, con la muleta baja y el toro en jurisdicción como hizo el odiado con el cuarto torazo de 628 kilos, que había manseado en los dos primeros tercios, es presumir de que lo que ocurre en la arena no vale para el preconcepto, para el venir a la plaza con el juicio hecho, la ignorancia por orgullo y la vanidad por bandera. Y ahí no hay caso.

Pinchó arriba sin soltar, dio una estocada severa, el toro tardó poco, y la ovación enorme, bien ganada y saludada en el tercio puso de presente la ínfima minoría de los "prejuiciosos". Y que no me vengan ahora con el cuento triste de que los verdaderos aficionaos somos muy poquitos.

Perera ciertamente anduvo espeso. Lejano, muy lejano de aquel bizarro de hace dos años. El crédito de que gozaba en Las Ventas parece haber sido cancelado. También se le trató con antipatía, pero al menos en su caso hubo motivos. Desarmado, correteado y de postre dejando una estocada baja, feísima, con degüello.

López Simón, por contra fue bien recibido. Lo merecía. Quiso justificarlo. Se lanzó a los quites sin mucha brillantez pero se le abona la voluntad. El tercero le diluyó el entusiasmo con la debilidad y ausencia de fiereza. El pinchazo, la estocada inane, los dos descabellos y el aviso también quitaron argumentos.

Le cambiaron el sexto por un domingohernández que no daba respiro y que le metió en un tú a tú, raudo, azaroso y deslucido que rozó con la vulgaridad porque los tiempos los ponía el toro. Ni modo.

Asistió el buen aficionado Juan Carlos de Borbón, Rey Emérito, acompañado de su hija la Infanta Doña Elena. Estuvieron en la meseta de toriles con Enrique Ponce. Recibieron los tres primeros brindis y sendas ovaciones. Pero como todos, tampoco tuvieron suerte con la corrida.

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