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"Soy un aficionado del pasado. Del milenio anterior. En él transcurrió la mayor parte de mi vida y al morir, sin importar cuando, esto seguirá siendo cierto. Lo despedí, junto con el siglo, viendo una corrida de toros, 31 de diciembre 1999, y al otro día recibí los nuevos (milenio y siglo), en igual forma. Las dos veces en Cañaveralejo"
Jorge A. Díaz Reyes - 13/02/2018

Soy un aficionado del pasado. Del milenio anterior. En él transcurrió la mayor parte de mi vida y al morir, sin importar cuando, esto seguirá siendo cierto. Lo despedí, junto con el siglo, viendo una corrida de toros, 31 de diciembre 1999, y al otro día recibí los nuevos (milenio y siglo), en igual forma. Las dos veces en Cañaveralejo.

Lo confieso sin vergüenza ni presunción. Solo como un hecho que quizá pueda explicar, aunque no siempre justificar, mi manera. Los viejos acumulamos vivencias, cicatrices, recuerdos, valores, juicios, conocimientos, prejuicios, reflejos, automatismos que nos definen y también nos mueven, cuando no nos fosilizan.

Y si a esto último llegamos, a la petrificación, en cada caso será por voluntaria elección individual. No por falta de opciones, pues nuestra generación, que nació sin televisión, satélites, celulares, computadores... Inquieta, los tuvo que inventar, porque los necesitaba y porque no era del todo ignorante. Había caído en un tiempo vertiginoso que acababa de aprender física cuántica, relatividad, energía atómica, subconsciente, cubismo, antibióticos, mercadeo...

Época que no permitía detenerse. Que nos ha enseñado, día tras día, que este llamado progreso de la humanidad no es viaje lineal con paradas como el tren. Que sus frecuentes brincos atrás, incluso hasta la fiereza más elemental, pueden adoptar discursos muy "modernos". No todo lo nuevo vale, debemos desconfiar, mirar, cuestionar.

También en el toreo claro, al cual sus enemigos menos agresivos, que los hay, descalifican por anacrónico, por no entrar en la moda, por no "ponerse a tono" y renegar de su pasado, sus valores, su verdad.

Y así pensando en el ayer y el hoy leí dos entrevistas distintas. Rafael de Paula en el ABC y El Juli en El Mundo. El uno decía: "Joselito El Gallo ha sido el mejor torero que parió madre" y el otro: "Hoy se torea mucho mejor que nunca".

Entonces recordé a Gibran —No digas nunca descubrÍ la verdad, di descubrí una verdad.

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