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Jorge Arturo Díaz Reyes - 26/05/2016

Corrida de cuatro cinqueños. Con cuajo, armamento pesado, y kilos, 611 promedio. Corrida para Madrid, que también sacó clase y casta, pero desafortunadamente no motor para transportarlas. Algunos atacaron de largo y a galope los petos y los engaños, pero todos se quedaron y se defendieron tras la primera tanda de muleta cuando no antes.

Frente a ellos, primero Padilla, con su traza patética de torero del romanticismo. Parche negro, insignia de las feroces cornadas a las que ha sobrevivido. Flaco, curtido, patillas decimónonicas y ese arrojo descarnado que desprecia languideces esteticistas. Es su tauromaquia, así la siente así la hace, así la honra.

Reclamo irrefutable de las verdades vigentes de la Fiesta. Prueba de sus decencias. Rastro de sus épicos ancestros. Una Portagayola, siempre, (recuerdo aquella entrevista de Enrique Ponce. ¿Maestro por qué nunca hace la portagayola? Porque  me da miedo). Capote fuerte. Banderillas frenteras en todas la versiones (¿Se puede olvidar el par Zaragoza?). Muleta de domador, y espada gladiadora que hoy cayó primero desprendida y luego en sitio, ganándole primero una ovación cerrada que con la discreción de quien está acostumbrado a jugarse la vida todos los días, saludó forzado desde la boca del burladero, y otra más, en el cuarto, un paso adelante de las tablas, después de una petición de oreja denegada. Nada de zalamerías.

Las Ventas saludaba en él, por partida doble, al glorioso pasado del toreo. Habrá quienes lo encuentren anacrónico, chocante con la moda, tal vez no suficientemente delicado para sus lánguidas sensibilidades. Los habrá, pero esta tarde no estaban en la casi llena plaza que le rindió sus respetos. De rodillas y de pie Juan José padilla estuvo veraz toda la tarde.

Brindó los momentos más intensos. Con la cara y la pechera ensangrentadas, tras la dura cogida en el primer par al cuarteo, volvió al sesgo y al violín desatando la primera de las cuatro salvas de homenaje merecidas y recibidas. La contabilidad peluda es lo de menos.

Iván Fandiño, gallo de este patio, claudicó ante las avilanteces del segundo, precavido salió del paso con dos pinchazos, medio bajonazo, cuatro descabellos y un aviso disgustando a muchos. En el cuarto quiso, mientras tuvo embestidas, lo anunció en tres gaoneras escalofriantes, y su deseo de agradar fue saludado al final, quizá también recordando tardes mejores no tan lejanas. Madrid y sus toreros. 

El joven José Garrido, uno de los descubrimientos recientes, fue todo voluntad. Prodigó su capa en los quites, a los toros de Fandiño y a los suyos, y en los comienzos de lidias; verónicas de rodillas y de pie, revoleras, chicuelinas… pero en todo primando la fogosidad sobre la templanza. Con la muleta, pues igual. Además no mató bien a ninguno.

La historia de la corrida la escribió Juan José Padilla, torero de los pies a la cabeza. Testimonio vivo del honor.

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