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Jorge Arturo Díaz Reyes - 03/06/2016

Con el denuedo de sus años mozos, Manuel vino a Las Ventas para enfrentar una vez más el duro hierro con que forjó su nombre. Y no en un día cualquiera.

Por la mañana Madrid había perennizado su parcialidad por la prosapia de la "A" coronada y su gratitud al anciano que la construyó. Don Victorino Martín Andrés. Mucha gente notable de todas las esferas. Palabras conmovedoras, reminiscencias de tardes gloriosas, y el descubrimiento de una gran placa memorial, nada menos que en el zaguán de la Puerta Grande, a la misma altura de la del cartel inaugural de la plaza, y las de los inmortales: "Gallito", Belmonte y Manolete. Hágame el favor.

El viejo, todo de negro hasta los pies vestido, apoyado en su bastón, acompañado de su sucesor. Había soportado la ceremonia con muda impasibilidad, mirada bondadosa y lejana y ese gesto tan suyo que parece una sonrisa permanente, entre afectuosa y burlona. Viejo socarrón, viejo querido.

Por la tarde, en la segunda fila del tendido 9, junto a su nieta, se irguió para recibir el brindis y la montera de Manuel, que tanto le debe. Ovación de gala en plaza soleada y plena.

Era el tercero. "Garrochista", 556 kilos. Saltillo en toda la extensión. Tres verónicas, dos delantales y una revolera en los medios, atacados con codicia, fueron una mutua declaración de intenciones. Bravo. De largo galopó al caballo de Juan Bernal recargando, y a más en la segunda entrada muy ovacionada. Pero cuando se veía venir la siguiente de lujo, Don Justo Polo desde su palco damasquinado cambió olímpicamente el tercio dejando a todos con un palmo de narices y proclamando de nuevo su desprecio por la 3ª vara. Que como decía el venerable ganadero, es la que vale porque el toro ya sabe que duele. Bronca merecida para el injusto Justo y palmas al picador.

Con viento y muleta flameante, siete por bajo y una límpida tanda derecha, muy en Cid, que ilusiona como preámbulo de una faena, rica en bellos momentos que taparon otros menos en que se perdió la ligazón y el temple. Igualada perfecta, silencio sepulcral, volapié, pero el toro hace un extraño y la espada cae desprendida. Petición de oreja imposible. Gran ovación al arrastre y otra para el torero que se niega a salir del callejón.

El sexto, más ligero, pero con un par de agudas velas, fue la otra versión de la sangre. Incierto, medidor, memorioso, buscador y revoltoso, planteó una pelea de cantina. En otra corrida quizá Manuel hubiese abreviado y hasta se le hubiese perdonado. Pero en esta tarde tan significativa, que había comenzado con minuto de silencio por la muerte de "El Pana", no. Bregó, aguantó y tragó lo indecible, largamente, siempre por la cara, apostando el pellejo por nada. Digno y valiente. Hasta en la franca estocada, cuando el pitón derecho le marcó el puntazo en el cuello. Torero. Torero.

Uceda inhibido con el primero, e insuficiente con el cuarto recibió reprimendas de una plaza que lo que consentido mucho (con mérito). Abellán decoroso y prometedor se diluyó al final de sus lidias y desatinó con la espada.

De salida, Carlos, antiguo novillero, me murmura en el oído: Las bicicletas para el verano. Los victorinos no son para todo el mundo. Fíjate como estuvo El Cid. 

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