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Jorge Arturo Díaz Reyes - 23/02/2016

Pasaron las figuras por Colombia. Casi todas. Exigieron, como corresponde a su alto rango. Torearon lo que eligieron, donde, cuando, con quien y por cuanto quisieron. No siempre llenaron plazas ni expectativas. Pero se fueron aplaudidas, pagadas, premiadas, aduladas, dejando tras de sí veneración y recuerdos, porque las figuras figuran y a todo lo que hacen se le da importancia, eco, publicidad.

Qué si alcanzaron todo su esplendor. Qué si no. Qué si aquella faena. Qué si aquel detalle. Qué si aquel brindis. Pero sobre todo dejaron gratitud. Pues la fiesta está en crisis y la presencia de los primados es indispensable. Qué tal que no hubiesen venido. Qué habrían dicho de nosotros. Lo menos, que ya estábamos liquidados, que Colombia da una temporada de tercera, que aquí la fiesta ya no es fiesta. Y además ¿Quién hubiese movido el torno?

Tenemos que aceptarlo, en los tiempos que corren, la importancia no la da el toro, la dan los nombres en el cartel. Así estos componentes mantengan una inversa proporción. A más nombre, menos toro. Asimetría que si bien amarga a los aficionados anacrónicos (pocos) para quienes la amargura es el estado natural, no aleja el grueso público. Al contrario. El show business y la cultura taurina no hablan el mismo idioma.

Sí. Pasaron las figuras pero entre la plácida estela que dejaron destemplan algunos quejidos empresariales. Voces materialistas, que no saben de amores, insensibles a la idolatría. Voces pragmáticas que todo lo reducen al vil metal, y reclaman con indelicadeza no haberse ni acercado a lo comido por lo servido. No se conocen aún balances contables oficiales. Ya vendrán. Es apenas el runrún, mas cuando el río suena…

Me vienen a la memoria, la frase de José Antonio Martínez Uranga --La fiesta está en quiebra pero las figuras ganan más que nunca— (ABC, Octubre 15 de 2014), y un recuerdo de mis lejanos días como médico rural en la necesitada costa chocoana; la rara visita de un político ilustre con su numeroso séquito, recibida por los buenos nativos como luz de esperanza.

--Por fin se acordaron de nosotros ¡Estamos hechos!— decían, e ilusionados ofrendaron en generosos banquetes, casi todos los cerdos y aves que tenían. Cuando tras días de celebraciones opíparas y discursos conmovedores el ahíto cortejo abandonó la región, comenzó una hambruna larga. Solo eso cambió.

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