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Manuel Viera - 31/08/2016

Tengo sentimientos encontrados hacia una Semana Grande que transcurrió con demasiados claroscuros. Me atraen y repelen algunas de las muchas cosas sucedidas en las Corridas Generales de Bilbao. Me ha producido un enorme desasosiego ver como los tendidos y gradas de Vista Alegre no se llenaron ni una sola tarde. Algo más, que ese atisbo de apuesta  por la nueva hornada de jóvenes emergentes, tendrá que hacer la Casa Chopera y la Junta Administrativa si quieren volver a llenar el coso de un público, ahora, sumido en el desánimo. Lo cierto es que el aspecto de la plaza ha sido desolador. Dolorosamente real.

Qué mal rollo, también, ver como se cargó la ira del descontento con el joven López Simón que sufrió, después, las consecuencias del absurdo proceder de quienes le representan actuando con el veto y las exigencias para alcanzar supuestos logros, quizá, más económicos que artísticos. Demencial.

Apasionante, sin embargo, el toreo de Garrido con la asistencia de "Pegajoso", el extraordinario sobrero de Fuente Ymbro que tapó el contundente fracaso de los toros de Ricardo Gallardo. Emocionante la bravura milagrosa de "Atrevido" de Alcurrucen o "Lagunero" de Jandilla. O el interés sin tapujos que produjo el notable encierro del Puerto de San Lorenzo, o la exigente corrida de Torrestrella tras cansinas tardes de mansedumbre, sosa nobleza y escaso fondo. Dicotomías que deben ir a la búsqueda de esa fiereza, de la que hay que ir tomando conciencia, que no es, por cierto, la que quieren y demandan los de arriba.

Me ha emocionado la sensibilidad de Curro Díaz, quedando fascinado por la excelencia de una faena injustamente incomprendida. Y el toreo a la verónica de Paco Ureña la tarde de la discordante y mala corrida de Victorino Martín. Me lo pasé aún  mejor con la emotividad de la gran faena de Urdiales al gran toro de Alcurrucen. Clasicismo, pureza y torería en la recreación del excelente natural.

No sentí algo tan rabioso, tan estremecedor, tan irresistiblemente seductor como la auténtica lección de valor y verdad de todo un tío en la plaza. Un torerazo. Con él me he quedado enganchado a la viveza, al poderío, a la verdad y claridad de ideas con las que contó el toreo José Garrido.

He sentido el natural de un prometedor Pablo Aguado que empieza y la maestría de un Ponce que nunca acaba. Y he gozado con el toreo de capa, diverso y contundente, de El Juli al buen toro de Zalduendo. Y con un Ginés Marín que ha mostrado algo más que actitud y valor. Y con la magnífica lidia de Carretero, uno de los grandes de plata, en la opaca y triste tarde de Morante. El toreo. Ni más ni menos. Algo absolutamente íntimo de quien lo hace y lo dice.

 

 

 

 

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