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Manuel Viera - 25/05/2016

Las Ventas de Madrid acaba de poner en escena el "actor" esencial en el escenario de la corrida: el toro. El toro que, con argumentos sólidos y convincentes, le da sentido a un espectáculo que se enroca en una artificiosa modernidad.

La continua falta de pujanza volvía a desatar la polémica, a minimizar la lidia cada tarde mermando la capacidad de seducción que ejerce la bravura. Ayer salió el toro, el necesario para sumergir a toda una plaza en un mar de emociones. "Malagueño", el gran toro de Alcurrucén, con poco más de quinientos quilos en su bella anatomía, embistió con la bravura soñada a las telas de un torero, David Mora, que, con brillo en los ojos y toreo en su alma, emocionó.

Se echaba de menos la brillante silueta del trapío. El toro serio, con las hechuras propias de su encaste, en su peso. El toro sin estridencias y con su inmensa e impecable integridad. El toro bravo ausente tantas tardes en el ruedo de Las Ventas. Algo debe cambiar con urgencia para que el toro vuelva a ser Toro, con mayúscula, en Madrid. Sobre todo, cambiar la exigencia en un planteamiento equivocado, calamitoso y triste, que lo único que acarrea es la desvaloración del toreo y la funesta polémica. Y sabiendo todo esto ¿por qué se sigue optando por descomunales reses vacías de casta, agotadas y moribundas? ¿Se trata de una necesidad perentoria o de un capricho de parte del público de la plaza que ha conseguido transmitirlo a la autoridad? ¿Es necesario ese tipo de toro? ¿Necesario para qué y para quién?

Me asombra esta igualdad de criterios. Ese interés selectivo. Esa incongruencia que hace patente el desvarío. La desmesura de quienes se atribuyen decisiones que no les corresponden. No me gusta esta historia sin rumbo que gira y caracolea en torno a un tipo de toro incapaz de provocar el entusiasmo y la emoción. Ni esos obsesionados entendidos a los que les cuesta reconocer que el conocimiento es irremediablemente parcial. Doctores a la contra de los que creen o piensan los demás. Oponentes declarados que emprenden su particular cruzada sustituyendo una verdad por una mentira e intentando que la suposición  se objetive en única certeza. Lamentablemente no existe convencimiento para variar. De hecho, tal y como están las cosas, pese a los visto y comprobado ayer, les garantizo que no.

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