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Manuel Viera - 14/01/2015

Ocurre cada inicio de temporada. Es la aventura por sí misma. Por su desconocido e incierto resultado. Ninguno de ellos renuncia a nada que le otorgue un atisbo de esperanza. Se machacan cada día, incluso con placer, en interminables horas de entrenamiento. No viven para otra cosa. No renuncian a nada, ni a la intriga de lo incierto, ni a la trama –algunos- de los cuatro golfos de siempre que, aprovechándose de las circunstancias, exigen una buena pasta por torear. Pese a ello, van duplicando ilusiones que continúan habitando en la creencia de que un día será.

Bien claro lo tienen. Aunque todo lo que pasa a su alrededor les resulta difícil de digerir. Y siguen y siguen siempre a la búsqueda de lo utópico. Mendigando por ahí, aquí y allá, un sitio, una plaza, un ruedo, que no es otra cosa que el ámbito propicio para decir verdades. Y seguirán moviéndose con su carga de ilusiones pese a que nadie, sensato y práctico, parezca preocuparse lo más mínimo por este presente que fundamenta el futuro.

A estos incansables novilleros les cuesta un mundo torear utreros. Hacer su presentación con picadores después de años de participación como becerristas en bolsines y certámenes. Pese a atisbar el toreo. Pese a estar convencidos de sus posibilidades. Una creencia ingenua en la nefasta evolución de las novilladas. Y es que sólo ellos creen, o han logrado convencerse, que seguir en el intento, algún día, tendrá recompensa. Ellos son los únicos. Porque nadie más, ni gobierno central, ni autónomicos, ni administraciones locales, echan mano de los recursos necesarios para el fomento de estos festejos. Abaratar su enorme coste de organización que traiga como consecuencia la reducción del precio, hasta límites insospechados, de las localidades.

Está por ver si los nuevos pliegos de condiciones para la gestión de las plazas de toros premian la organización de novilladas picadas. Si el taurinismo, siempre proclive al pasotismo, empieza a moverse en el terreno de las buenas intenciones organizando campañas de promoción que retraten, de forma contundente, las excelencias de los nuevos toreros. Hacer sugerente el espectáculo. Recurrir a lo nuevo con la ilusión de encontrar algo de frescor en los que vienen. Cambiarles la vida y asegurar el futuro. Ni más, ni menos.
 

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