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No es el caso de ir a provocar un debate confesional, pero sí la manera de definir  al genio y de ofrecer, acercándose a su compleja personalidad, la imagen cabal de su comportamiento. Lo cierto es que la forma de actuar funciona al margen de gustos.
Manuel Viera - 13/12/2017

No es el caso de ir a provocar un debate confesional, pero sí la manera de definir  al genio y de ofrecer, acercándose a su compleja personalidad, la imagen cabal de su comportamiento. Lo cierto es que la forma de actuar funciona al margen de gustos. Quizá, porque todo está en la demostrada habilidad para medir ese otro protagonismo, tan necesario para él, fuera de la influencia envidiable que ejerce como artista y figura del toreo.

Quienes nos sentimos profundamente seducidos por su diferencial tauromaquia poco más queremos que gozar del beneficio de verlo de nuevo en la plaza. Vestido de torero. Para dejar dicha, después, la historia formal de su elocuente arte de torear. Ese toreo puro de trazos expresivos y enorme capacidad para maravillar. Lo demás entra en la identidad del pintoresco personaje, cuya actitud interpretativa y chocante pone en práctica cada vez con más frecuencia, sin otro argumento que el de personalizar también el retrato intelectual del torero.

Morante de La Puebla, encorbatado para la ocasión y engalanado con chaqueta clara cruzada, escenificó el solemne acto de la firma del primer contrato de su reaparición tras la exigua retirada que, a la postre, ha de ser el último de su estratégica temporada en la última corrida de la Feria de San Miguel en la Maestranza. Completó el cuadro el gerente de Pagés, Ramón Valencia, y su flamante apoderado, Manolo Lozano. Y como aderezo a la sensacional puesta en escena, representada en su casa de La Puebla del Río, el escritorio del despacho, hecho suyo, del otrora genial torero Joselito El Gallo.

La capacidad  para sorprender del diestro cigarrero, tanto en la plaza como fuera de ella, no tiene límites. Valencia se olvidó de las habituales normas de la empresa, sucumbió a la llamada, y se plantó inexcusable en casa del torero para sellar una única corrida de toros diez meses antes de su celebración. Quizá, con la esperanza en el sueño utópico de firmarle la próxima Feria de Abril. Quizá, por la insaciable necesidad de tenerlo en el abono de Sevilla. Ay, bendito poder del torero sevillano capaz de imponer unas reglas tan caprichosas como implacables. Y todos… a tragar.

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