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Manuel Viera - 21/10/2015

Qué quieres que te diga, Morante. Que ya era hora de olvidarse de esos infortunios que han durado dos largos años y tanto daño han hecho a la Maestranza de tus sueños y a la afición de tu tierra. Que en esa confesión que nos hicistes tras la presentación del festival de La Puebla del Río, y ahora ampliada en las páginas de ABC, reconozcas que en tu Sevilla está el escenario inacabable donde mejor se representa el arte. Que aquí, en la catedral del toreo a la que se acude para asistir a la consagración del artista, se te ha elevado a la categoría del dios de la genialidad. Por esto, estoy seguro que esa gente a la que con tu toreo les has dado sentido a sus vidas, y después penaste, entienda ahora la trascendencia de tu decisión.

José Antonio Morante quiere torear en la Maestranza, y habrá que convenir con él que si lo dicho se confirma en los carteles, el próximo abril será de impacto. Con el de La Puebla, los restantes fugados y los nuevos emergentes dispuestos al cambio generacional, Sevilla ha de volver a ser lo que fue y debe ser. Una y otra parte sabe de sobra que están obligados a entenderse e, incluso, a aceptar lo que el torero cigarrero ha calificado de innegociable.

Esa apelación al ruedo maestrante se convierte en imposición. Morante lo ha afirmado lúcidamente: torear pasa por hacer desaparecer la excesiva pendiente del piso de la plaza. Y, quizá, no tanto por esas otras discusiones bizantinas sobre el devenir crematístico de cinco tardes en Sevilla. No cabe duda para él que en esa cuesta hacia la boca de riego no le es posible hacer y decir el toreo. Debe quedar lisa a modo de que así encuentre cobijo el arte. Puede que la exigencia no sea otra cosa que la obsesión transpuesta a la imaginación y, por ello, no admite negociación. Puede que el afán maniático le impida sublimar. Puede que el toreo más bello sea un motón de verónicas dejadas caer en el allanado albero.

Con todo, se ha acabado el conflicto. En verdad, se termina con la incertidumbre pese a la condición obligada para que el arte encuentre la energía del deseo. Para anular el presentimiento de que ninguna deformidad del escenario pueda impedir realizar lo imaginado. Por lo menos, lo dicho por el torero de La Puebla aparta la inquietud de un problema que se hacía eterno. Morante aboca a la esperanza, a la ilusión, a volver a soñar, e invita a olvidar un triste y absurdo boicot que ha de acabar se mire por donde se mire. Morante ha dicho sí. Su toreo vuelve al sentir de aquél que lo añora. No cabe pues negarle el deseo.
 

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