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Manuel Viera - 27/05/2015

Trascendiendo mucho más, el justo triunfo obtenido por López Simón el pasado domingo en Las Ventas de Madrid, conseguido desde la autenticidad sin paliativos de una apasionante y complicada lidia, rinde homenaje de admiración a la fortaleza, a la valentía y la actitud del torero ambicioso y capaz que, con mano firme y mente clara, exhibió en el ruedo de la plaza la pura verdad de su toreo. Ésa que, para los que jamás engañan, es la muestra sincera y sin contemplaciones del simple juego de la emoción.

Una apuesta que vendría a ser tanto una reflexión sobre tan significativa sensación vivida en los tendidos de la plaza. Una vez más el valor y la pureza de lo hecho en el ruedo impone la pregunta de qué es, en realidad, lo que provoca la emoción. Algo que fascina y que no tiene sentido reclamarla si abajo no hay riesgo. Esto es, exigirla si el elemento básico, el Toro, -con mayúscula- es inexistente.

En buena medida la lidia es emoción desde el momento en que los límites del valor están desplegados en unas formas de conceptualismo heroico. O por el contrario, cuando el arte fluye de la búsqueda de una inteligibilidad pura, efímera y despojada de banalidades. Emoción que, según una u otra cuestión, la gente siente como un escape a la tensión o al gozo indescriptible.

En ambos casos cada uno aporta su percepción. Incluso los completamente desubicados terminan entusiasmados con cualquier parida, sea ésta la aparatosa caída de un picador, o la ignorancia supina en cualquiera de las suertes. En todo caso, lo frívolo se desmorona en fugaz fantasía, sin embargo, lo decisivo termina siendo determinante.

Bien es verdad, que la belleza, a veces superficial, en el arte del toreo y, sobre todo, la actitud de estos otros héroes activa el componente crítico sobre la exaltación del público. De todas formas, a muchos habría que explicarle, aún, la importancia del triunfo del diestro madrileño. Por qué cuando un torero se convierte en héroe, por valor y pureza en su concepto, le es concedido ese valioso permiso para salir en hombros por la Puerta Grande que conduce a la gloria. Algo que, muy pocos, con arresto, lucidez y esa siempre sorprendente sinceridad y convencimiento, son capaces de llevar a cabo.

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