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Manuel Viera - 20/04/2016

Con todo, se acabó el conflicto porque allí estuvieron todos en un afán meritorio de dar lo máximo en el ruedo. Acabó la Feria de Abril con dos cumbres hechas historias vivas del toreo en las que sólo los felices  pueden aspirar a comprender la realidad de un arte que no es, ni muchos menos, industria de entretenimiento. De ahí la fuerza de la Fiesta, que no se puede comprender si no se contempla.

Quiebro final ante la necesidad de que todo lo imaginado quede explicado o cumplido. Y así fue. Con la manifestación de la bravura soñada y deseada, un torero y un toro quedaron indisolublemente asociados en el recuerdo de una tarde de toros.  Manuel Escribano y "Cobradiezmos", el toro de Victorino Martín, lograron enloquecer de gozo a una gente no sólo por las sorprendentes embestidas del cárdeno y el buen toreo del sevillano, sino también por la bravura encastada de uno y la sapiencia del otro para potenciar tan extraordinaria excelencia. Todo un lujo para disfrutar. Un auténtico regalo para la vista y los sentidos que sumió a los tendidos en un universo de emociones tan fascinante como único.

Y así, ante la bravura deseada y soñada, Escribano, manifestó su tauromaquia con un toreo que en algunos momentos alcanzó categoría suprema. Sea como fuere, esta forma de mandar en la excepcional embestida del toro, cuyos pitones araban el albero, mientras el hocico lo acariciaba, hizo extasiar de gozo hasta los espíritus menos sensibles. Manuel hizo el toreo y mostró su mejor tauromaquia con la misma "bravura" con la que el toro de Victorino mostró la suya. El indulto estaba consumado.

El vigor de la emoción del toro completada por la emotividad del arte del toreo. Arte barroco y valor sin cuento. Suficientes para una gran obra claramente morantista.  La impecable verdad, la belleza de cada uno de los lentísimos muletazos al toro de Núñez del Cuvillo, y la naturalidad otorgada a la interpretación de su toreo le otorgan la categoría de superior. Un toreo de auténtica orfebrería con el que provocó la emotividad de una gente que empezó a gozar y al mismo tiempo a enloquecer. Un toreo destinado a la sensibilidad. Genialidad para reflotar tauromaquias del pasado, ofreciendo, como anticuario del toreo, el barroquismo con el que ilustró la singularidad de su concepto. Lo hizo Morante, un genio en esto, con él último toro de su firme apuesta por Sevilla.  

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