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Manuel Viera - 19/04/2017

Cuando sonaron los clarines, y chirrió el cerrojo del portón de cuadrillas en la idílica tarde de Resurrección, la Maestranza exhibía su belleza, ilusionada y expectante, ante el más importante y esperado acontecimiento de la temporada de toros en Sevilla. El gentío había acaparado El Arenal del Baratillo, llenando bares y restaurantes, y en ilusionante peregrinación caminó después hacía el templo de Tauro para abarrotar sus tendidos. Y así, entre la robada esperanza y la ilusión hecha añicos, se tejió la triste historia del desastre del toro

El toro hecho para los que pululan por las alturas del escalafón. Exigido para la moderna expresión de un toreo sutil y lindo aunque falto de emoción. El toro de almibarada nobleza, de nula fiereza, de aguada casta y desfondado comportamiento. El toro que  permite, a los elegidos que lo piden, torear bonito aunque lo bonito se quede sólo en el trazo dibujado con la elegancia de una bella estética.

Fue muy mala la corrida de Núñez del Cuvillo. Animales sin vida, descastados, desfondados, flojos e inválidos. No aptos para recibir un solo puyazo. Toros que se quedaron sin picar para no eliminar sus escasas, aunque nobles y bondadosas, embestidas. Toros sin la emoción de la casta hecha bravura que se prestaron al equívoco del exiguo peligro.

Y así transcurrió la larga e interminable tarde. Anodina y desesperante. Preocupante y decepcionante. Mientras que Morante, todo voluntad y ganas, deleitó con retazos de su arte. Con verónicas de sabor añejo y el atractivo de la naturalidad. No fue simplemente una ocurrencia inconexa del genio de La Puebla, sino que formó parte de una lidia de detalles en la que los sentidos fueros ocupados por gotas de pura esencia. También el ritmo y la despaciosidad del natural de Manzanares, junto a la ligazón y los esplendidos remates de pecho, contribuyeron al placer de una faena que quedó sin acabar. Ni siquiera Roca Rey, uno de los más valientes y dotados toreros actuales, pudo mostrar su ambición.

Sin embargo, pese a la estupidez y empobrecimiento de esta Fiesta y, tal vez, por el ánimo de un público exultante, hubo conductas asociadas a la emoción. Sobre todo, cuando fue mostrada en el tendido una pancarta con el texto “Cataluña es Taurina”. Entonces, casi toda la plaza en pie, en improvisada reacción afectiva, estalló en sonora y larga ovación. ¡Ay, Barcelona, qué pesadilla!   

   

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