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Manuel Viera - 27/07/2016

La honestidad con la que determinados toreros buscan su objetivo intentando mostrar la visión elogiosa y sublimada de su toreo resulta, la mayoría de las veces, una utopía. Y no porque falte en sus obras la demostración profunda y excepcional del concepto que les define, sino porque casi nadie parece ocuparse de estos que pueden ser y aún no lo son.  Una forma de hacer del empresariado taurino convertida en decepcionante proceder donde el manido sistema aborta ilusiones y cierra puertas al futuro.

Actitudes injustas que desincentivan el esfuerzo fomentando los particulares intereses de esas empresas que también apoderan. Hombres en continuo y complejo desafío a la realidad del "intercambio". Toreros, que no encajan ni tienen sitio en el régimen, totalmente entregados a la causa, comprometidos con la ambición y el triunfo, que exponen su perfil de superhombres mientras relatan su historia haciendo el toreo en tránsito de emociones, convencidos de hallarse realizando una obra excepcional combinando actitud, alto nivel de responsabilidad, y un enorme valor plenamente apoyado en cualidades y calidades.

A veces  pienso que este mundo del toro está zumbado. Que vive en otra dimensión. Aunque visto lo visto es muy difícil que los que dicen saber de esto puedan imponerse a la ambición de estos héroes del toreo. Tanto más cuanto que de triunfar se trata. En este sentido, uno de estos diestros conmocionó a Pamplona tras heroica  actuación con la que estableció la deseada conexión con la gente, y con la que logró uno de los más unánimes reconocimientos críticos.

Javier Jiménez sufría el despiadado rechazo de algunas empresas desde la misma  hora de una alternativa con éxito en la Maestranza de Sevilla. Sufría, como muchos, la dureza de una profesión que palpita entre el deseo y la impotencia cuando le llegó la desgracia, a modo de espeluznante y brutal cogida, que le valió para imponer su signo desafiante. Sorprendente e inexplicable suceso que se produjo en una tarde trascendente para él y su tiempo. Hecho protagonizado por uno de lo toreros más creíbles del escalafón. Lo bastante como para que su toreo haga renacer esa sensación de verdad que provoca la emoción. La esencia de su objetivo final.

Tras el milagro de San Fermín comenzará de nuevo a viajar para pisar cosos de mediana importancia. Aunque para avanzar se hace necesario hacer parada en la plaza de toros de La Malagueta y trasbordo a la altura de Las Ventas de Madrid. Después no tendrá pérdida. Debe continuar por la ruta de las grandes ferias hasta llegar a su destino. Y triunfar.          

 

 

 

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