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Manuel Viera - 05/10/2016

Los primeros pasos de aquel niño de Badajoz fueron pasos de torero. Nacido en el álveo del sincero valor y el torerismo imperante, apeló generosamente al ingrediente de la emoción desde los primeros escarceos por las plazas de toros de los pueblos de Andalucía en los anuales ciclos de promoción de las escuelas taurinas. Quizá debido a lo atrevido de su incipiente concepto desaparecieron muy pronto cualquier atisbo de banalidades, o técnicas ventajistas, dibujando el horizonte sorprendente y novedoso de un futuro prometedor.            

En cada tarde de corrida su valentía y su verdad coexisten sobre la arena del ruedo de la plaza y se integran, mutuamente, ante la gente en constante juego de emociones mientras narra el toreo. Estética que ofrece una plástica exteriorización de sentimientos que agitan los tendidos. Como si de una invitación se tratara a ensimismarse completamente en la belleza de unas formas sin márgenes para la distracción.

Pocas veces la lidia se acerca tanto a su pretendida dimensión. Al verlo y sentirlo en Vista Alegre durante la Semana Grande de Bilbao, al contemplarlo en Las Ventas de Madrid en la finalizada Feria de Otoño, no he podido evitar pensar en aquel chiquillo que deslumbraba ante las cámaras de Canal Sur Televisión, en aquellas clases prácticas organizadas por la asociación de las escuelas taurinas andaluzas, explicando su tauromaquia con la seriedad de un maestro y la sapiencia y calidad de los elegidos.

 Un toreo que en algún lugar oculto de mi interior permaneció desde entonces para reavivarse en Bilbao con el discurso de valor y sobria calidad de una lidia sin renuncia a la vertiente más pura y fundamental. Y en Las Ventas, donde se reexaminó de su increíble valor dando soluciones imaginativas a las complejas necesidades de un hacer inhumano. Con dos muletazos sació los sentidos de exigentes paladares que, además, con los dos bocados se dieron por satisfechos. Dos maneras de entrar en Madrid, por toreo bien dicho y hecho y por torero macho dominante de la más trágica y épica situación.

 Lo importante de José Garrido no es el triunfo en dos tardes decisivas, sino la capacidad para transmitir sensaciones pegadas al tiempo. La realidad de quien tiene talento para convertir lo que hace en algo tan diferente como emocionante.  

 

  

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