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Manuel Viera - 03/02/2016

De algún modo los gustos se desarrollan a medida que se conocen. Por esto no deja de tener su punto el contemplar la inquieta curiosidad de unos chiquillos observando extasiados como otros, en ordenada coreografía, mecían sus capotillos al viento con acompasado ritmo y pasmosa lentitud. Sucedió en Sevilla hace unos días. Entre calles y arbustos del parque de la Buhaira.  Allí, entre toreros y aficionados, entre gente joven y curiosos. Entre capotes, muletas y estoques simulados, carretones con cuernos de la seriedad de un miura. Entre el caballo de picar ataviado con su peto, permanecían aposentados en el suelo, absortos, con la mirada fija, e iluminando sus pequeños ojillos los últimos rayos de sol de invierno.

Y allí, parecería que recogían a modo de álbum las imágenes de esos otros coleguillas que soñaban el toreo, al unísono y en improvisado “ballet”, convirtiéndolas en vivencias íntimas para su propio universo. Mientras, el torero, de manera sutil e inteligente, poniendo de manifiesto la sensibilidad de su arte efímero, les mostraba la técnica de cómo hacerlo dibujando lances a un toro imaginario que iban dejando huella en el recuerdo de los niños que miraban. Verónicas plagadas de guiños al virtuosismo y dotadas de una emotividad que atrapa. No cabía más concentración. Ni más complicidad con los que hacían el toreo. No fueron escenas manejadas con intencionalidad, sino la forma de entender una pasión entre el maestro y sus discípulos.

Pagés, la empresa que gestiona la Maestranza, invitó a niños y jóvenes al olvidado juego del toro en la calle. Más allá de la estimulación de los sentidos. De la provocación que incita al que lo ve a traspasar la frontera de mero observador, a muchos de los que allí estuvieron y el toreo practicaron, les habrá sobrecogido, quizá, el sonido de capotes y muletas en su viaje lento acariciando la tierra durante el recorrido. Sonidos como si el supuesto toro hiciese oír sus pasos al galope, su respiración acompasada en el tiempo y la transformación cambiante de la fiereza en nobleza. La metamorfosis, sin más, de una animal salvaje en brava acometida noble y sugerente.

Ingenuidad en lo contado por esos chiquillos en la vuelta a casa. Lo que vieron, lo que vivieron y sintieron les habrá provocado las primeras cavilaciones sobre lo que para algunos de ellos les era desconocido. Tal vez se haga necesario repetirle la experiencia. 

 

 

  

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