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"¿Cómo describirlo? Quizá fue una forma de desafiar las elementales reglas del juego. Una forma de jugarse la vida a modo de tirasoga entre lo humano y lo animal. Entre la inteligencia y la fuerza bruta, entre el arte y la bravura,  para que las dos partes acabasen llevándose la victoriA"
Manuel Viera - 18/04/2018

¿Cómo describirlo? Quizá fue una forma de desafiar las elementales reglas del juego. Una forma de jugarse la vida a modo de tirasoga entre lo humano y lo animal. Entre la inteligencia y la fuerza bruta, entre el arte y la bravura,  para que las dos partes acabasen llevándose la victoria. Sin embargó, la bravura de “Orgullito”, el  gran toro de Garcigrande, desequilibró la consistente obra de Julián López El Juli. Que sin ser de una brillantez desbordante, sí fue parte de un viaje sin nostalgia al toreo de siempre. Homenaje nada velado al ganadero de sus sueños de torero. Al criador del toro de sus triunfos.

Y así, lo hecho por El Juli el pasado lunes en Sevilla al bravo toro de Garcigrande fue un continuo plegado de respuestas a la sensibilidad. Una cuestión de inteligencia. Pues trató y consiguió potenciar las calidades propias de la casta y otorgar coherencia a unas embestidas de por sí emocionantes. Y así buscó en la fluidez de su toreo, el tono mandón y reposado con el que otorgó a la faena el toque pasional deseado. Una faena donde afloraron  muestras claras de un magisterio plenamente maduro. Toreó sentido, inspirado, despacioso, profundo, ligado… pero también tuvo momentos con tendencia de hacerlo hacia fuera y desajustado.

De una u otra forma fue lo hecho por el torero de Madrid un auténtico regalo para unos tendidos enloquecidos por lo que veían. Sobre todo, por unas embestidas humilladas, y a más, impregnadas de aromas de bravura y marcadas por la casta. Tal vez no fue completo el comportamiento del toro en todos los tercios. Quizá no lo fuese en la forma de mostrar la bravura en el caballo. Acaso dejara atisbo de dudas al escarbar. Menudencias todas que sólo sirven para no hacerlo excepcional. Y excepcional debe ser el indultó con el que de nuevo se ha hecho historia en Sevilla y en la Maestranza.

“Orgullito”, marcado con el número 35, de negro pelaje y 528 kilos de peso, volvió a la dehesa dispuesto a padrear. El Juli, en la mejor celebración posible de sus veinte años de alternativa, lo indultó en la Maestranza. Que sea para bien.

 

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