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"Creció, convincentemente, el gozo de verlo hacer el toreo en la Maestranza. Aunque de nuevo duró un suspiro. Otra vez la cornada cortó el hilo conductor de una lidia con atisbo de esperanzador final"
Manuel Viera - 11/04/2018

Creció, convincentemente, el gozo de verlo hacer el toreo en la Maestranza. Aunque de nuevo duró un suspiro. Otra vez la cornada cortó el hilo conductor de una lidia con atisbo de esperanzador final. Porque en las mansas, aunque dóciles y engañosas, primeras acometidas de su primer toro encontró el clavo ardiendo al que agarrarse para evitar el descalabro de la casta de unas reses de embestidas apagadas y nulo fondo. Con firmeza no cedió un ápice de terreno hasta conseguir un toreo suave, despacioso y, a veces, hilvanado. Un toreo rico en matices y de expresividad emotiva en los detalles de un bello cambio de mano y un portentoso pase de pecho.

El joven diestro valenciano toreó a bocajarro hasta que el morlaco se le paró. Hasta que llegó la cogida y la cornada. Hasta que el astifino toro de Las Ramblas le destrozó la estructura vascular venosa de la parte inferior de su pierna izquierda. Todo lo que había anunciado antes fue ilusionante. Como ilusionante fue lo hecho y dicho en la corrida de Fallas antes de fatal desenlace que le dejó sin torear hasta su exitosa reaparición del pasado sábado en Teruel. Y Sevilla su sueño. Roto de raíz la tarde de su presentación.

No obstante, Román, es torero por convicción. Por naturaleza. Y asienta sus cimientos sobre la sólida lucidez  de su ambición. No debe incurrir en el error de negar lo evidente y, para ello, calzarse las “botas” de seguridad para que cuidadosamente pueda sondear el terreno inestable que inevitablemente quiere pisar. A veces de una forma brutal, drástica e inoportuna. La asfixiante realidad de quien quiere llegar. La dureza de las exigencias hace que cada tarde sea más reto, más lucha consigo mismo, para ofrecer lo que la gente quiere ver.

Román colecciona valor. Con el se obsesiona  para ofrecer su toreo. Se pasa los toros por la barriga. Es su verdad. Símbolo fundamental de su tauromaquia que le sirve  para introducir su concepto. Todo es bueno si consigue, tras la gravedad de dos cornadas consecutivas, volver a expresar lo imaginado sin fisuras por donde se le pueda escapar una milésima de valor. ¿Quién lo duda?            

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