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Manuel Viera - 28/01/2015

Me he quedado observando una estampa de un torero y un toro. La miro de cerca, me alejo, y vuelvo a ella para seguir embelesado en la belleza del trazo, en la infinita majestuosidad del natural prolongado, dilatado y cadencioso. Es una vieja y arrugada fotografía encontrada por azar y antes guardada, quizá, por la estética del retrato. Quien en ella está y así torea es un joven delgado, espigado y “amanoletado”, entonces a cuesta con su sueño de ser torero. Este sevillano nacido en Utrera, en los pagos donde se dieron las primeras castas fundacionales del toro bravo, emocionaba al más purista de los aficionados y provocaba el disfrute con su elegante toreo salpicado por la sensibilidad de los elegidos.

Durante aquellos años sólo se le vio en escasas y esporádicas apariciones en festejos celebrados en ferias de pueblo. De todas formas, el joven Vilches, a solas con sus ilusiones, echó a andar con el único bagaje, que no es baladí, de la pureza de su tauromaquia. Decía John Berger que “la esperanza es una llama en la oscuridad que te permite ver”. Luis la tuvo, la vio y salió entonces del oscuro pozo del olvido. Y lo hizo toreando.

Hace algunos años, cuando aún de novillero le entrevistaba con motivo de su salida por la Puerta Grande de Las Ventas de Madrid, me decía que “estar en el toro es vivir el día a día, lo que se hace hoy hay que superarlo mañana, si no es así nada vale”. Vilches superó el ostracismo, superó graves cornadas y superó, con su valor y pureza, las dificultades de las duras corridas en las que fue encasillado. Con lo que no ha podido es con el pesado lastre de una espada sin punta que le ha hundido demasiadas veces en la indiferencia.

No fue, ni mucho menos, el año taurino de 2014 el que deseaba el torero sevillano. Pese a ello ahí sigue machacándose cada día en el duro entrenamiento seguro de sus posibilidades. Eso sí, contrariado al saber que no estará en la próxima feria de Pentecostés en Vic-Fezensac. Su plaza y su público. Donde triunfó la pasada temporada tras convincente faena a un toro de Cebada Gago. Una vez más lo ganado en el ruedo se pierde en los despachos. Y el toreo de Vilches se difumina sin remisión.

Queda la esperanza de Sevilla y Madrid, plazas vitales para continuar buscando esa espada que no le marque la diferencia entre la cadencia de su capote y la profundidad de su muleta. Una espada capaz de rivalizar con la arrolladora fuerza de su toreo y con ella reivindicar su presente y su futuro. Única razón de peso para que se le rescate de todos los olvidos.
 

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