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Manuel Viera - 22/03/2017

Hace ya años -algunos se han apresurado a certificar la defunción taurina- que el aficionado ha ido desapareciendo de los tendidos y gradas de las plazas de toros. Aún así, la comprobable verdad es que los que quedan son minorías. Tan pocos que acaban tapados, ocultos, engullidos, arrastrados por el público generalizado. Y es ése el efecto que se produce en las tardes de expectación. Manda quien llena. Una gente que reivindica el papel positivo de sus “emociones” al tiempo que confunden las características diferenciales de lo normal a lo excepcional.

Hablar de triunfalismos en el coso valenciano durante el último festejo que finiquitó el ciclo fallero plantea idénticos problemas de definición que hablar de indultos. Granjea cierto recelo. Cierto sentimiento sensiblero. Presentimiento subjetivo  de un fin que debe premiar la excelencia. La perfección de la bravura que encuentra el único destino que le corresponde al animal que la muestra en el ruedo de forma extraordinaria e infrecuente: volver a su hábitat natural y padrear.

El profundo cambio producido en el seno de la sociedad ha creado en la gente formas de identidad alternativas así como un marcado proceso de sensibilización brutal. Si a ello se le añade la exhibición de un ficticio conocimiento de la lidia que les lleva, además, a creer entender los efectos de comportamiento del toro, aunque desentendiéndose del juego de la excepcionalidad, revela la decisión final con rigor triunfalista que desemboca en la realidad.

El público de toros pasa por momentos de génesis intermitentes y de escasa consolidación. Y no dejará huellas significativas en las generaciones venideras por la debilidad de su afición. Es cierto que llena las plazas ante carteles de relumbrón, pero vive al margen del saber y cultura de la lidia.

Así que, “Pasmoso”, el buen toro de Domingo Hernández, burló el destino y su bravura le salvó la vida. Una historia, en tanto que bonita, asociada al esnobismo al servicio del desconocimiento. Al absurdo que destapa la trampa de una fiesta que no es la Fiesta. Todo fue divertido, tal vez emotivo, pero interiorizado hasta la paranoia disparatada de la falsa sensibilidad. 

 

                 

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