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Manuel Viera - 08/06/2016

La dimensión de su toreo sólo se alcance a percibir, quizá, después de una caída. Cuando está a un instante de mutarse en nostálgico pasado. Y es que la tauromaquia de José María Manzanares estaba quedando como triste despojo de un concepto tal colosal como polémico. E incluso mordía el polvo de la banalidad tras la triste e inesperada desaparición de su progenitor. Actuaciones inquietantes que deambulaban en alarmante crisis de ambigüedad y, sobre todo, emocional.

Pero he aquí que después de todo lo visto y sentido en el largo ciclo de San Isidro en Las Ventas de Madrid, él, insistió para que lo suyo fuese lo mejor. Para que la elegancia, la sensibilidad y la delicadeza de su toreo ilustrasen unas formas muy diferentes a las últimas mostradas. Resultó cuanto menos peculiar comprobar el abismo que se vislumbró entre lo natural y lo artificial.

Fue obvio que ningún alma sensible permaneció ajena a tanta expresividad. A la reveladora variante de una tauromaquia tan pura y escrupulosa como desacostumbrada. Un toreo con el que dibujó los inaprensibles límites del deseo mediante trazos construidos sobre la luminosidad de un fondo de sentimientos. De un lirismo infinitamente intenso. Un toreo desgarrado que arrebató el tiempo. Emocionante hasta la exaltación. Conmovedor. Un nudo en la garganta. Un presente para caminar hacia un futuro sin ficciones, sin nada que oscurezca la deseada resurrección.

De lo que no cabe duda es que lo que hizo Manzanares con el gran toro de Victoriano del Río en la corrida de la Beneficencia fue la protesta, muda y silenciosa, a su situación. Un grito de atención. Una gran obra en la que se vio así mismo como torero. Aquella  tarde del 1 de junio forma ya parte de la historia del "San Isidro" de 2016. De cómo la magia del toreo se manifestó en enorme emoción, resultando ser síntoma y causa de la "vuelta" de un torero que ahondó en su tauromaquia permitiéndole sentirse más torero que nunca. Así ofreció una sui generis retrospectiva de su arte, penetrando en la naturalidad y no obviando la pureza que suscita el clamor. Y seguirá, más capaz  que nunca, exponiendo su verdad con decisiones sólidas y determinantes, creando el toreo en su cabeza para buscar la forma de transformar en el ruedo de la plaza lo invisible en visible.   

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