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Manuel Viera - 28/09/2016

La emoción, esa conmoción del ánimo, intensa pasajera y agradable, acompañada de gozo, vino dada por aquel catalogo de sutilezas, de mulatazos hilvanados y rematados que completaron una faena colmada de interés. La ligazón, la cadencia y la frescura del toreo de Javier Jiménez testificaron durante la lidia del tercer toro, y único bueno del nefasto encierro de Alcurrucén en la primera corrida de San Miguel, la capacidad emotiva del importante hacer del joven diestro sevillano.

Porque Paco Ureña no tuvo toros y poco más pudo originar que mostrar su excelente momento con pinceladas de temple y buen gusto en sendas lidias colmadas de voluntad y ganas. Complicada mansedumbre que reveló la incomodidad de una tarde mullida de desencantos. Porque el deseo de Morante por agradar, y torear, sólo se vislumbró con el ideal de toro, flojo y noble, para que el torero de La Puebla esbozara su toreo construido sobre la sensibilidad del artista. Muestras de un arte efímero que, más que nunca, se deshicieron sin permanecer vivas en el recuerdo.

Así que la primera función del finalizado fin de semana de San Miguel en la Maestranza se saldó con escaso bagaje y la esperanza puesta en un sevillano de Espartinas que, en plenitud ascendente, quiere alcanzar la cúspide.

​Sin embargo, quien vino dispuesto a conquistar Sevilla lo hizo recreándose, además, en una tauromaquia donde la lentitud del excelso trazo, la expresividad y el buen gusto, se erigieron en protagonista de una faena hecha  para gozar. Una faena  muy bien construida, templada, ligada y llena de matices con la que Castella denotó una magnífica manera de hacer el toreo con el noble y bondadoso buen toro de Olga Jiménez.

Pero fue Manzanares quien volvió a plantar bandera en territorio maestrante. José María se mostró elegante, estético y, sobre todo, clásico en el mejor sentido del término con un almibarado toro de la casa Matilla. Con una tauromaquia que se deslizó con suavidad en templadísimos trazos largos y acompasados. Un mundo aparte construido sobre la sensibilidad de un provocador de emociones. Una soberbia faena  celebrada por una gente al borde de la locura. Lo mejor del interesante mini-ciclo sevillano, en el que López Simón pasó sin hacer ruido, la gente acudió a la plaza, degustó el toreo y se emocionó al sentirlo.  

 

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