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Manuel Viera - 06/07/2016

No hay tribunas, ni tertulia, que no hayan polemizado ya la realidad de un toreo desarrollado en la anormalidad de una lidia a la portuguesa capaz de generar una tauromaquia tan distinta como genial. No hay debate, ni coloquio, que no se apropie de las formas de un torero que prescindió de los tópicos del arte y convirtió su toreo en un singular relato con letra y música, y cante de quejío de Diego El Cigala, con el que enloqueció a la gente.

El toreo de Morante fue la libérrima construcción de un inspirado episodio que se proyectó en el ruedo de la plaza lisboeta de Campo Pequeño, feudo del rejoneo, con la naturalidad e identidad de quien lo creó. Tan distinto y auténtico fue lo que hizo que el argumento demoledor de su narración, con capote y muleta al compás del cante, se convirtió en única y esporádica obra maestra cargada de enorme solemnidad, mientras que la plaza bullía y se emocionaba con tan soberbia realidad.

Sin duda, estaba ante uno de los más grandes toreros de todos los tiempos con  aportación fundamental a la historia de la tauromaquia. Arte y torería. Nostalgia de otras épocas y de otros maestros, y notable contribución al toreo de un artista que potencia de manera eminente la grandeza de una Fiesta que allá, en Portugal, quiso reivindicar.     

Quizá, sólo por esto, ahí es nada, la inquietud creativa del sevillano de La Puebla del Río, a estas alturas imprevisible, le llevó a la ejecución  de una tauromaquia tan añeja, y a la vez tan diferente y sublime, que abrió al toreo las puertas de otro mundo tan distinto, tan transparente y genial, tan sabiamente construido que hizo que el lance a la verónica adquiriera cualidades excelsas.

 La belleza emotiva que convulsiona los sentidos, de quien se entregó con toda su verdad, se hizo patente una noche de magia y duende en Lisboa. La verónica, de enorme sensibilidad, tuvo la fuerza del verdadero toreo. Excelente el compás, mecida la seda, el mentón hundido en el pecho, el recorrido ceñido, embraguetado… todo un mosaico de lances evocadores de una época casi perdida con el que el torero cigarrero provocó el delirio colectivo ante unas formas de gigantesca trascendencia.

La magia del toreo de José Antonio Morante quedará, por los siglos de los siglos, en el anaquel de la historia de la plaza de toros portuguesa. Pese a que lo dicho y hecho transcurriera por los cómodos caminos del "alivio". Tradicional exigencia para "cuidar" a quien no lo necesita.   

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