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Manuel Viera - 14/12/2016

El toreo es algo tan sencillo, tan profundo, atávico e inexplicable que cuando llega produce tal sobresalto de ánimo en quién lo ve, y lo siente, que enloquece. Provoca tal "pellizco" en los sentidos que trasciende el mero campo emotivo. Y ese toreo al paso, de ritmo, misterio y "quejío", se manifestó con toda suntuosidad el pasado domingo en La México. Allí, en el gran "embudo" de Insurgentes, con la seguridad y grandeza de un genio, un sevillano de La Puebla lo mostró con la frescura, el refinamiento, la gracia, la belleza y la elegancia de quién rezume torería y sabiduría.

Y es que el arte no conoce límites formales. Su manifestación siempre sobrepasa los códigos prefigurados. Si el toreo no es bello no es arte. No hay duda. El toreo es, en realidad, un conjunto de aproximaciones a la estética y, sobre todo, al sentido de la belleza. Morante hizo y dijo el toreo. Sinfonía de detalles en unas formas adornadas con el brillo majestuoso de la cadencia que revelaron las excelencias de una tauromaquia no afín a la tradicional. La suya es más preciosista, menos recia, más apasionada… Fue Morante verdaderamente profundo en ese saberse gustar, en ese pararse a calibrar los efectos de su propio toreo, para avanzar en función de lo que él se plantea: hundirse en sus sentimientos artísticos dentro de una concepción estrictamente morantista y que atiende a sus más que demostradas premoniciones románticas.

Morante volvió a exhibir, en la ya histórica tarde mexicana, un arte inspirado, personal, agotador, que no agotado, y en continua búsqueda de una intensa pureza. Además, con el atractivo de alternar el valor y el estilo con la magia de una lidia emocionante, rebosante de encanto y lentitud caprichosa. Este mago del toreo consiguió desplegar su tauromaquia combinando la seducción y la distinción con una admirable capacidad para hacerla magistral y rigurosa. La faena a "Peregrino", el buen toro de Teófilo Gómez, de una especial sensibilidad, elegancia y torería, iluminó la penuria de una "Temporada Grande" que enlanguidecía "chica" y sin público con esa sensación de desencanto que produce el sinsentido. Y justo aquí, la esencia del arte de un genio cigarrero se hizo toreo. Poesía sublime jamás soñada.

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