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"Habrá que convenir que la suerte de varas está perdida. Casi no existe. La evolución del toreo y, sobre todo, la condición del toro actual marca el principio del fin"
Manuel Viera - 22/11/2017

Habrá que convenir que la suerte de varas está perdida. Casi no existe. La evolución del toreo y, sobre todo, la condición del toro actual marca el principio del fin. Y en ese panorama de réquiem, en ese simulacro de cada tarde, la ilusión se hace añicos mientras se va tejiendo la triste historia de la desaparición. Ciertamente, se esfumó su concepto en la hora misma  en la que la raza se minimizó. En el que el toro, exigido para la moderna expresión de un toreo frágil y lindo aunque falto de emoción, se impuso en el campo bravo.

Ese toro de almibarada nobleza, de nula fiereza, de aguada casta y desfondado comportamiento. Ese que permite, a los elegidos que lo piden, torear bonito aunque lo bonito se quede sólo en  el trazo dibujado con la elegancia de una bella estética. Animales sin vida, descastados, desfondados, flojos e inválidos. El toro ideal para la simulación. El toro que se queda tarde tras tarde sin picar  para no eliminar sus escasas aunque nobles y bondadosas embestidas. Ese toro, sin la emoción de la casta hecha bravura, que se presta al equívoco del exiguo peligro.   

Es indudable que de seguir haciendo lo que se lleva haciendo durante largo tiempo todo apunta al final. A continuar degradando una suerte tan anhelada como decepcionante. A convertir en utopía el inútil sueño de ver la solución pese a tantos afanes reflexivos, con todo tipo de argumentos, defendiendo su existencia.

Y es que muy pocos, contados, toros a lo largo de la temporada que pasó han hecho compatibles conceptos como fiereza y emoción, bravura y toreo. Lo más inquietante de esta situación es que anuncia fecha de caducidad. Se aplaude por no picar. Conforma el sutil muletazo armónico que conquista por su atractivo pero nunca por su emoción. Y se acepta un espectáculo de toros flojos, apagados y cansinos, que transfiguran el toreo en una colección de pases sin sentido, aburridos y monótonos. Efectivamente, la casta se hace imprescindible para recuperar la credibilidad de una suerte hecha con el sentido artístico y emotivo que el aficionado desea. ¿O no? Tal vez sea esto último una invención producto de la imaginación.

 

 

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