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Manuel Viera - 21/06/2017

Desde aquel Domingo de Ramos de 2015 en Las Ventas de Madrid nada le fue igual. Entonces se alejó de lo habitual y recurrió a lo extraordinario. Fue, por encima de todo, un gesto. Una gesta para la ilusión. Con el encanto de una atrevida decisión de inusual contenido. Porque hay actitudes que quedan sólo asociadas a la lidia de escogidas reses a modo para facilitar el éxito. Y también desafíos que intrigan nada más verlos anunciados. El suyo fue uno de ellos. Un sorprendente regalo cargado de generosidad para los amantes del toro. Tan diferente y fascinante como portador de las mayores emociones. El toro de carácter, unido a la sensación de peligro, que generan reses como las de Victorino Martín, Miura, Adolfo Martín, José Escolar o Baltasar Ibán, el último que marcó su destino.

La imprevisible y heroica decisión no fue objetivo del todo logrado. Aún así, el reto fue de órdago. Tuvo la solidez del valor desmedido en la búsqueda de la autenticidad de un lidiador que subía por la escalera del esfuerzo y el sacrificio, peldaño a peldaño, triunfo a triunfo, para alcanzar la gloria. Y pese a ensalzar la belleza desnuda de la heroicidad, amenazado siempre por el juego irrevocable con la muerte, la apuesta la perdió. Fracasó. Y le hicieron bajar de la ganada cúspide para que de nuevo la empezara a subir. Inútil intento de un hombre valiente elevado ya a la divinidad. Leyenda de un torero muerto en la tarde de un drama irresoluble. Fugaz viaje de ida sin vuelta.

No es fácil asimilar la muerte de Iván Fandiño -once meses después del suceso de Toledo- símbolo de tantas cosas. Que se hizo grande por sus continuados triunfos terriblemente acabados en la arena de la plaza de toros francesa de Aire-sur-l'Adour. Su lucha constante llena de optimismo, su hombría, su valor  y su toreo cubren ya con dosel de oro el lugar del sur de Francia donde, desde el pasado sábado 17 de junio, se reza a un torero guardián de valores y verdades. Parafraseando a Santiago Gómez Valverde, “qué sencillo es morir, sólo es cerrar los ojos o dejarlos abiertos para siempre”. El gran diestro de Orduña “abiertos” los dejó. Ahora, ya es un héroe inmortalizado. 

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