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Manuel Viera - 17/05/2017

“Si tú supieras las cosas que le he visto hacer”. Me lo dijo quien con él estuvo en la soledad del campo bravo durante los dos años interminables de rehabilitación y exhaustiva preparación. “Le he visto torear como nunca podrías creer”.

 Y ahora, cuando casi todo en la plaza se ha convertido en “cultura del simulacro”, en cantidad de pases artificiales y con prisas entre los cuales vive el toreo, la excepcionalidad de unos pocos únicos, capaces de hacer esas “cosas” memorables, convierten el sueño utópico en imaginable realidad.

La realidad de un torero que sublimó el toreo sobrio y extraordinario. La realidad de quien convirtió la lidia en la más emotiva de las artes. La realidad de quien supo mostrar su hondura expresiva, con habilidad técnica y un virtuosismo colmado de excelencias, evitando lo tópico para celebrar después la exaltación de lo clásico. La realidad de Antonio Ferrera.

La torería en la lidia, la maestría en cada uno de los trazos, el talento en la forma de plantear faena, convirtieron el hacer del diestro extremeño en la Maestranza de Sevilla en máximo exponente de un concepto apabullante. Fueron lidias impecables, desde el valor, el conocimiento, el poder y la técnica, la inspiración, el temple y la sensacional profundidad de su muleta, con las que imbuyó a la gente en la brillantez de su toreo.

Antología de la verónica con la que contribuyó a completar la gran obra en su segunda tarde, y que sirvió para redescubrir un capote donde el arte se manifestó con verdadera emoción. Momentos, incluso, de tauromaquias olvidadas. Joyas en los quites que brillaron como las notas ligadas de una sinfonía con la que compuso su discurso artístico y emocional.

Argumentos sólidos y suficientes de quien se le espera, con renovado deseo, en la exigente plaza de Las Ventas de Madrid. Y de existir la duda, nada mejor que la casta y la bravura se muestren en los toros de Las Ramblas, o los de Adolfo Martín, para que pueda esparcir la esencia de unas formas sorprendentes y auténticas. Porque en Antonio hay pureza y hay valor. Porque tiene la capacidad de figura del toreo para convertir lo que hace y dice en algo diferente y particular. En algo tan sutil como intenso. En algo trascendente para el que lo ve y lo siente. Porque lo que ha hecho y hará es y será, sencillamente, torear.           

 

 

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