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"Pese al incomodo por esa repentina retirada de un genio que limitó a mediados de agosto la percepción de su diferencial obra,..."
Manuel Viera - 04/10/2017

Pese al incomodo por esa repentina retirada de un genio que limitó a mediados de agosto la percepción de su diferencial obra, hay otros talentos, importantes e interesantes, con los que emocionarse en los ruedos de las primerísimas plazas de toros de España. En cualquier caso, esa particular forma de hacer el toreo, esa entrega sin límites, ese hacer historia memorable, tiene el encanto de lo sugestivo, de lo emocional, de habitar una suerte donde todo puede ocurrir: el triunfo o la cornada. Quien lo hace ha convertido en contraseña de la verdad su emotivo toreo para goce de quien lo ve y lo siente.

Así que hay algo más que un abandono imprevisto y ausencias obligadas. Más que las paupérrimas entradas en carteles de figuras en plazas y ferias de tronío. Algo más que las irregulares tardes de los que tienen el prestigio adquirido, que puntúan en plazas de segunda con toros de tercera dejando en las de primera el marcador a cero. Sin embargo, hay quien recorre con entusiasmo las importantes rutas del toreo convirtiéndose en el auténtico intérprete de la verdad de una tauromaquia con tintes de heroicidad.

Pocos han tenido un protagonismo tan poderoso ante el toro. En él recayó el peso de la responsabilidad con dos comparecencias en la finalizada Feria de Otoño en Las Ventas. Que asumió con el triunfo, que debió ser de Puerta Grande, tras la muy templada y muy pura faena a un noble “cuvillo” con la que irradió el carácter sabio y sereno de quien regresó a Madrid sobrado de toreo. Quien adquirió brillo diferente entregándose con un valor de miedo y lidiando, como si fuese bueno, al malo y complicado segundo toro de la ganadería gaditana.

Y aunque su tauromaquia pura, con predominio del temple, centrada en la ligazón e impulsada por el arrojo, no tuvo respuesta de éxito con los mansos y  cornalones “adolfos”, ni que decir tiene que volvió a hablar en el ruedo de la plaza con el auténtico lenguaje del toreo. Con el concepto que nada tiene que ver con la generalidad de lo cotidiano. Con la valentía con la que manifestó el arte que sobrepasa los códigos prefigurados. Así que, a fuerza de ser objetivo, Paco Ureña, fue el torero y el héroe en el otoño madrileño.   

 

 

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