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Manuel Viera - 25/03/2015

Es raro encontrar en los que empiezan una mezcla tan bien realizada de clarividencia, de lidia moldeada con eficaz naturalidad, y valor añadido al mismo tiempo. Una de esas realidades que han de marcar el futuro. Si el futuro les llega. Lo suyo no es más que el toreo soñado, extraordinario, emocionante. Pero los sueños acaban, la mayoría de las veces, por el triunfo de lo trivial. Por los que siguen ganando el presente a costa de que otros pierdan el futuro. Funesto engaño.

Acabó la Feria de Fallas con invernal tarde, fría y ventosa, reveladora de las inquietudes de dos jóvenes talentos. Las que siempre acompañarán a sus formas de decir el toreo. A su manera de sentirlo y hacerlo. Varea y Ginés Marín obedecen a la necesidad de sustituir, de reemplazar… El inconfundible tono de ambos conceptos, cuya tremenda calidad y perfección artística supera de forma desconcertante a los que gozan de exagerados privilegios, mantiene viva la esperanza a quienes esperamos pacientemente la hora del relevo. Y es que el futuro se resuelve en la emergencia de lo nuevo aunque su alcance sea difícil de precisar.

Llama la atención que esta naciente generación de buenos novilleros no constituyan el auténtico motor para el futuro de la Fiesta. De esta Fiesta que nos sitúa ante la cuestión de lo paradójico: la pequeñez del novillo para las llamadas figuras y la seriedad y contundencia del toro para los que empiezan. El mundo al revés visto en Valencia. Llama la atención que los que recientemente dejaron de lidiar utreros, y los que se doctorarán en la próxima Feria de Abril no estén incluidos en los carteles de San Isidro en Las Ventas de Madrid. Nuevos toreros que, tras despertar de su sueño con sonados triunfos en los ruedos de primerísimas plazas de toros, necesitan de alguien que se acerque a la realidad sin que la mirada se le distraiga con argumentos superfluos. Alguien que haga que la historia no quede inconclusa. Alguien que rompa la continuidad anodina de la generalidad de un vetusto escalafón de matadores. Alguien que le de continuidad a los instantes fugaces, insignificantes, de una emocionante tarde detenida en el tiempo.

En definitiva, dos nuevos toreros finiquitaron el ciclo valenciano llevando la lidia al límite de las emociones, reflejando en sus respectivos conceptos la aptitud para expresar arte en condiciones difíciles. Unas formas que brillaron llenas de posibilidades futuras. Que nadie les desvíe del camino.
 

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