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Manuel Viera - 15/07/2015

No cabe duda de la importancia del toro. De ese, criado y escogido en las dehesas de bravo, cuya seriedad y trapío potencia y amplía los sentimientos provocando el impacto de las emociones que se vienen enciman durante su lidia. No hay razón para que ese toro sólo se lidie en los escasos ciclos mal llamados “toristas”, y en alguno que otro de postín, y no salga en otras plazas y en otras ferias. Porque es, al margen de comportamientos en el ruedo, un hecho valioso y contundente de la credibilidad de la Fiesta. De la sensación de verdad que provoca con solo verlo aparecer por la puerta de chiqueros. Del éxito y sus estragos.

Bastaría con eso, con que saliera el toro. Bravo e integro. Para que esta Fiesta, tan a menudo incoherente, fuese más emocionante, más seria, menos aparentemente aburrida. Para que la imponente silueta del trapío no se apagara ni su sombra adelgazara. Esa que se queda corta, se difumina y desvalora en esas ferias de provincias y en algunas otras con el carisma de celebrarse en plazas de primera. Y, sobre todo, para que ese otro toro de irresistible encanto que ¿asegura? el triunfo no se convierta en el único deseo de unos privilegiados víctimas, al fin y al cabo, de sus propias imposiciones.

Sobrecoge la seriedad de un toro bravo. Sin estridencias. Sin ser fieras para gladiadores ni mastodontes de exhibición que sólo asustan y acojonan. Impresiona el toro que existe y pasta en los campos ganaderos con su inmensa e impecable integridad. El toro deseable para esa otra versión incompleta de las corridas en la que sigue echándose de menos el vigor de la exigencia. El serio lenguaje de la verdad que inspira al respeto. Donde se juega con la candidez de una gente nada reivindicativa.

Muchas ferias de julio y agosto, que sirven de marco para describir los destinos equivocados del “mediotoro”, quedan después convertidas en metáforas del valor, de la ambigüedad, de la seriedad… en la que el toro juega el gran papel de embaucador. Y en las que al impotente y sufrido aficionado le ningunean su única y exigible condición: emoción.

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