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Manuel Viera - 16/09/2015

Pese a la nueva hornada de nombres ilusioanantes que han mostrado, y muestran, en los ruedos de primerísimas y significativas plazas de toros la importancia de su concepto, la celebración de novilladas picadas sigue siendo mínima. Su carácter deficitario y la paulatina mengua del verdadero aficionado están acabando con la organización de estos festejos de vital importancia para el futuro de la Fiesta. Las abultadas cifras que indican el descenso sucesivo de utreros lidiados durante la última década preocupan y asustan. Y es que resulta curioso comprobar de qué extraños mundos se sirve el toreo para sentirse siempre víctima de las circunstancias.

Es absurdo saber y no combatir hasta lo imposible el mayor peligro al que se enfrentan novilleros, ganaderos y empresarios, la resignación. El interés de estos festejos menores ha disminuido de forma progresiva y alarmante en los últimos años, quizá, debido a su elevado coste en la organización y, sobre todo, a la carencia de nombres con auténtico tirón para todo tipo de públicos. La respuesta: plazas vacías tras precios imposibles en los escasos espectáculos que se dan.

A pesar de todos los pesares, que no son pocos ni livianos, se hace necesario no acabar con el propósito de enfrentarse a la inminente realidad. Por momentos parece que esto se termina. De ese exceso de reses en las dehesas convendrá atribuir, también, alguna responsabilidad a esa apelación al todo vale, como si la verdad no tuviera consecuencia por sí sola. Por otro lado, sigue faltando alguien, aunque se aleguen triunfos, que revolucione el panorama taurino en este tipo de festejos. Alguien capaz de provocar la masiva asistencia a la plaza en las ferias y fiestas de los pueblos de España.

Ante la delicada situación en que se encuentran las diferentes partes no queda otra que contender para devolverle el crédito a las novilladas. Aunque suponga, hoy más que nunca, un gran esfuerzo y honestidad su programación. Además, otro peligro acecha a este espectáculo que parece que siempre hay que recomenzar, el descuido de su deber último, que es, al fin y al cabo, la obligada renovación del escalafón de matadores. Y esta parece que nunca llega. O, quizá, algunos no quieren que llegue.

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