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Manuel Viera - 19/10/2016

Este héroe por naturaleza, que tiene el toreo metido en sus venas, sigue instalado en el entramado emocional de una Fiesta que es su vida. Convincente y seguro, con la responsabilidad de quien se viste de torero para seguir afrontando cada tarde la compleja aventura de la conquista, no olvida el pasado, disfruta del presente y, sobre todo, sigue ilusionado con el futuro. Su entrega es total. Aquí o allí. En la plaza de pueblo de cualquier rincón de España, o en cualquiera de los más exigentes ruedos del mundo.

Lleva veintidós años de matador de toros. De triunfos y de cogidas. De miedo y angustias. De toreo. De éxitos absolutos por los más importantes cosos en las mejores ferias de España, Francia y América. Conoce como nadie la dureza de un oficio sellada en su cuerpo por espeluznantes cicatrices. Esas que dicen son trofeos ganados a fuerza de valentía y pundonor en trágicas y épicas tardes de toros. Y a pesar de todo se considera un privilegiado. Quizá, porque el enorme sacrificio, las gravísimas cornadas, y todas las vicisitudes sufridas le siguen mereciendo la pena. Por sinceridad y ambición. Por el rigor de su concepto. Por la capacidad de superación. Por su valerosa verdad.

No sé si será por todo esto, pero lo que sí sé es que, Juan José Padilla, entrega el corazón en esencia cada día que se enfunda el traje de luces para regalar la emoción que provoca el valor, el peligro, el afán de ganar su batalla, aunque el toreo soñado quede relegado en muchas tardes de corrida. Sin embargo, yo le he visto torear. Mecer el capote, adelantar la muleta en el cite para después correr la mano con decisión y temple. He sentido el ritmo en el trazo del natural. Y he comprobado como el pasado sábado volvió a jugarse la vida, como tantas veces, delante de la puerta de chiqueros de la plaza de toros de Zaragoza cinco años después de que "Marqués" se la quisiera arrebatar en el mismo ruedo de  Pignatelli. Y ahora, también, se la quiso quitar  "Aguador" haciendo diana en el parche que cubre su desgracia.

Por eso, Juan, qué importa que un presidente reglamentista e insensible te negase un despojo, tras la elevada conmoción que produjo en la gente tu bestial entrega tras la terrible cogida, si toda la gente enloqueció sobrecogida con el corazón en el puño al verte, de nuevo, jugar con la vida y la muerte en el centro del circulo donde sufriste hace un lustro la brutal cornada. Lo que importa son los sentimientos profundos y las sensaciones intensas. Las mismas que convirtieron la plaza de La Misericordia en un hervidero de emociones.      

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