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Manuel Viera - 17/03/2015

Ya se sabe que el arte no está constituido por lo que uno ve, sino como lo ve. Y en ese ambiente de plaza llena y público predispuesto se vio la obra de Morante en Valencia. Pese a ello, los sentidos ramalazos del más puro y genuino arte del toreo atravesaron el cristal de la pantalla del televisor para quedarse incrustados en mi memoria.

Para siempre. Morante se partió, se ensimismó toreando. Serio, sincero, veraz, inspirado, y con prodigiosa capacidad plasmó la verónica de clamor. Plástica, coherente, contundente, rotunda, cargada de majestuosidad y verdad. El capote del sevillano pasó a convertirse en estricto gozo plástico y emocionante. Absolutamente magistral. Bastó la monumentalidad de cuatro lances para comprender que su toreo no es de aquí, es de otra galaxia.

Y llegó la versión del natural. La despaciosidad, el infinito camino de la tela, la extrema forma de ajuste del pase desembocaron en una feliz simbiosis que dio como resultado un toreo sereno, hondo, bello y auténtico. La geometría del trazo formó parte del ritmo y la parsimonia de cada natural generó en la plaza una atmósfera emocionante. Todo ello entremezclado con el encanto de la seducción, el virtuosismo y el sentimiento.

Otra vez el toreo de Morante fue un destilado de esencias. Exactamente lo que corresponde a la sensibilidad de un genio. Todo en perfecto equilibrio entre lo inspirado, lo intuido y lo deseado. Los impecables ayudados por alto, molinetes y afarolados, dieron vida a unas formas de clara tendencia improvisatorias y sentidas. Duende y encanto de una naturalidad insuperable.

Hay que situarse en lo mágico para sentir lejos de la plaza la majestuosidad de su capote y la tersura de su muleta. Tal vez, quizá, porque es por aquí abajo donde su toreo adquiere dimensión distinta. Y sin embargo, ni lo hará ni lo dirá. ¿Quién ha hecho de aguafiestas? ¿Por qué no está en la Maestranza? ¿Quién tiene la verdad? Atribuir mendazmente culpas a una sola parte es nadería insolente.

Lo cierto es que Morante no está en Sevilla para éxito de demagogos, puros y duros, orgullosos de sus verdades. Y todo ello me resulta, no por absurdo, desdeñable.

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