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"Hay algo que está marcando soterradamente la evolución del público que acude a las plazas de toros en aras de un toreo más divertido que real, y construido, no sin entrega, a base de efectismos"
Manuel Viera - 15/11/2017

Hay algo que está marcando soterradamente la evolución del público que acude a las plazas de toros en aras de un toreo más divertido que real, y construido, no sin entrega, a base de efectismos. Además, sigue aleatorias pautas populistas y lejana verdad. Se trata de agradar, de alegrar, de contentar… Hecho y dicho con completa autonomía de significado para que guste a una gente que va a ver a quien esto domina sin perder la aparente facilidad de encandilar.

Ha sido la propuesta de algunas empresas, llevada a modo de apuesta a plazas de tercera clausuradas, con la que han vuelto a abrir  puertas cuando estaban cerradas mirando al pasado sin vislumbrar el futuro. Y el resultado arropa sus argumentos.

Llenan. La cuestión es saber si estas formas populares de tauromaquia, que focaliza la atención de la gente, avanzarán más allá de lo establecido o simplemente quedarán estancadas en simple divertimento.

No obstante, vaya por delante el más absoluto respeto para quienes no escatiman esfuerzos para mostrar en el ruedo lo que el público quiere de ellos. Para quienes hacen gozar a esa gente festera sin grandes exigencias en la plaza. Para los que se han convertido en una necesidad aunque revelen, a veces, el aspecto menos veraz de las corridas de toros. Para quienes son estimulantes de un público que percibe con inmediatez el mecanismo que les espolea. Con ello alcanzan un entorno en el que aflora la sonrisa junto a la aceptación  benevolente de lo ofrecido.

Así se ha llegado al compromiso entre torero y espectador. Cada uno acepta lo que el otro aporta y, entre ambos,  se consigue el entendimiento en el que se equilibran los gustos. Y si uno alcanza el triunfo y los otros llenan tendidos, apuesta ganada e interés entendido. Se trata, por lo demás, de una nueva vía abierta hacia la salvación de las corridas de toros en plazas de pueblo avocadas al olvido. Quizá, también, el gancho salvador para algunos modestos empresarios. O simple testimonio reivindicativo de la identidad popular. De todas formas, el arte de torear no es, ni mucho menos, una fábrica de entretenimiento.

 

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