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Manuel Viera - 04/03/2015

A uno le gustaría escribir únicamente de lo extraordinario de unos carteles. De la grandeza de una significativa Feria de Abril. Pero se hace imposible porque algo tan querido no propicia el contento. A priori mejora el atractivo del pasado año y se acerca a lo ansiado, aunque la finalidad perseguida, una vez más, parece utópica. Pagés ha dispuesto una feria que se queda en la frontera de lo notable. Será porque los manidos compromisos han ido delante que los deseos. Y lo injusto la hace mala sin serla. No obstante, con méritos y desméritos, es evidente, se cuentan más de media docena de tardes atrayentes.

Sin embargo, el impacto de las ausencias eclipsa un ciclo de interesantes combinaciones con una estructura lógica impuesta por las circunstancias, pero se hacía necesario atravesar la línea divisoria, arriesgar con una experiencia más radical al encuentro de lo nuevo. Satisfacer lo codiciado por los que reclaman ese otro “oscuro objeto del deseo”. Llámenle Urdiales. Porque, en realidad, lo deseado pasa a ser todo y, por inercia, lo irrazonable lleva al rechazo provocando en la gente una enorme apatía.

Lamentablemente priman los intereses. Los compromisos imponen su ley. Son la sobredosis de una realidad convulsa. Y si no por qué no se argumenta. ¿Por qué todo se hace oscuro? Mis sospechas están socavadas desde el momento en que aún los límites de aclarar siguen replegados en algunas de las figuras. Entonces, ¿qué sentido tiene las explicaciones de las verdades de Pagés al grave conflicto que padece Sevilla ante tanto discurso incoherente?

Se apunta el problema pero no se descifra. Bien es verdad que en este mundo del toro no existe la transparencia, Todo parece opaco. Así, no es de extrañar, que al final lo que queda es una sensación ilusoria del enfrentamiento, porque el conocimiento objetivo de lo que pasa es un absoluto inalcanzable.

En todo caso hay una enorme ambivalencia en todo esto. Ni siquiera se plantean salidas para la disputa. Y uno queda estupefacto ante tamaña ingenuidad. A veces se hace necesario renunciar a la privacidad con tal de solucionar. Y es que el problema no únicamente lo tienes Pagés, de una u otra forma lo tiene el aficionado, quien lo percibe y lo sufre, obligándole a convertirse en víctima propicia de lo absurdo.  

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