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Manuel Viera - 23/02/2015

Nada hay más nefasto que decidir a destiempo echar a la cuneta de lo inservible a quienes se le han impuestos exigencias determinantes para acabar con el conflicto. La trabajadísima, compleja y polémica última decisión de Morante de la Puebla de no torear por segundo año consecutivo en la Maestranza, cuyo significado preciso se me escapa, da una nueva vuelta de tuerca al enfrentamiento y hunde a Sevilla en una crisis de alcance difícil de precisar. Una sentencia desoladora que no sólo abre la herida sino que la infecta con un nuevo discurso chantajista.

Sevilla, otra vez, víctima de la conjetura. Y es que la verdad aquí no existe porque no obtiene mayor trascendencia que la sospecha. ¿Cuál es el motivo? ¿Qué pretextos se han utilizado para hundir una plaza y una Feria de Abril en el esperpento que constituye la esencia del boicot? Inútil insistir. El hermetismo de una y otra parte dista de ser casual. De hecho nunca hablaron. Ni siquiera estuvieron en la frontera de lo que se puede decir o no se puede decir. Aquí no hay ánimo de aclarar. Ni búsqueda de la verdad. Ni voluntad de solución. Aquí sólo hay intereses ocultos. Miserias de una Fiesta sin remedio.

Podría rogárseles a empresarios y toreros den carteles ofrecidos, cantidades propuestas, o demandadas, números, cifras, peticiones… Todo expuesto con sencillez y transparencia. Problemas descritos con claridad. ¿La contestación? Una enorme impertinencia de quien esto reclama. Además, esconderían más que explicarían.

Sevilla sigue patinando sobre la deslizante superficie de la decepción. Metida de lleno en un juego peligroso que borra la frontera entre lo real y lo imaginado mientras no se descubra la verdadera intencionalidad de quienes insisten en la disputa. Pretextos utilizados, presiones, sueños mejicanos a la búsqueda de nuevos futuros, pese a estratégicos desmentidos, se prestan a malévolas lecturas.

¿Dónde ubicar, entonces, la tardía decisión de quien se sabe idolatrado por la gente de su tierra? Quien ha provocado el choque y la desilusión, y deja en aparente aspecto caótico su plaza de toros, esconde la respuesta más deseada: cómo ajustar la exigencia a la realidad del problema. ¿Quién, sí no?

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