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Manuel Viera - 20/05/2015

Érase una vez una tarde de San Isidro en Madrid en la que el toreo a caballo trascendió más allá de una realidad con esquemas de espectacularidad. Fue tan sublime que quién lo protagonizó, con expresión clara y rotunda, dejó marcada las diferencias. Porque el recital de rejoneo, de quien tiene el encanto natural de los más grandes, un increíble y fácil manejo de las cabalgaduras y una quietud delante del toro apabullante, fue una soberbia obra de dos, tan genial y valerosa, que alcanzó límites insospechados de grandeza y emoción.

Sería engañoso no reconocer que el rejoneo no es mi pasión. Sin embargo, lo visto el pasado sábado en Las Ventas me produjo la emoción sentida e indescriptible provocada por un caballero y su montura que, a dúo, soñaron y crearon el toreo. Historia fabulosa que obedeció a la necesidad de sentir la lidia deleitando y enloqueciendo a la gente con una tauromaquia distinta y al filo de lo imposible.

No hay quien lo pare. Cautiva y entusiasma dotado de un extraordinario valor y un talento de privilegio. Torea. Ni más, ni menos. Regocijante ocasión de contemplar, también, a un caballo en la cumbre del rejoneo haciendo una magistral travesura: triunfar. Fue grandioso por valor y belleza. Una genialidad con la que mostró las vísceras de un toreo ajeno a las pesadas tardes de lidias anodinas. En cierto modo, lo hecho y dicho, vino a tener el efecto contagio. Cuando quien más y quien menos salió de la plaza realizando filigranas virtuosas con imaginarias cabalgaduras tras ver emanar en el ruedo la sensibilidad de una tauromaquia pura y valerosa.

El rejoneo dio, hace ya tiempo, ese volantazo artístico con el que se quiso peinar los últimos flecos de un arte sólo basado en la espectacularidad de la monta y la épica de la doma. Exigencia llevada al límite con un valor innato que dinamiza un toreo grandioso y lo hace exageradamente puro. La maniobra quedó hecha. Es ahora cuando los grandes éxitos del toreo a caballo llegan en frenético festín sin espacio para el freno ni la pausa. Lo hacen algunos. Diego Ventura y “Sueño” lo hicieron en la Monumental de Las Ventas de forma ralentizada, soberbia y majestuosa. Ya es historia
 

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