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Manuel Viera - 25/11/2015

Basta ser testigo cada tarde de toros para entender la ilógica de una suerte, desvalida y a la intemperie del sinsentido, con la que se desvela la pérdida de su fundamento. El cada vez más minusvalorado tercio de varas no es más que un trámite en la lidia del que se teoriza mucho y se practica muy poco. Nada. No ha lugar. No lo admite el toro de hoy hecho para el toreo de hoy. Esa es la cuestión, y no otra, por la que se prescinde de un “castigo” tan candoroso como dar por bueno lo que es escandalosamente penoso.

Hubo, hace unas tres temporadas, quien entendió que, tal vez, utilizando puyas de diferentes dimensiones usadas a criterio del matador y en función de las condiciones físicas del animal, cambiaría el devenir de lo que acontece en el ruedo. Nada. Ni tan siquiera la idea cuajó. E incluso la conocida puya retráctil inventada por el picador sevillano Curro Rivero, cuya pirámide de acero se retrae cuando el toro ejerce fuerza sobre el tope de la cruceta, evitando así destrozos añadidos en el toro, sigue sin ser aceptada por los diferentes estamentos taurinos con poder de decisión. Pese a ser elogiada por profesionales, prestigiosos ganaderos y, sobre todo, facultativos. Puya que se sigue utilizando en la lidia de toros a puerta cerrada con total beneplácito del propietario de la ganadería y quien después los torea.

La verdad sea dicha, uno no termina de ver la solución cuando más nubes de tormenta se ven en el horizonte. Cuando la modernidad del toreo ha convertido al toro en un animal falto de movimiento, apagado y agotado. Cuando la excesiva bondad se ha extendido como un virus a casi todos los campos ganaderos. Cuando lo que se impone es reclamar el necesario y urgente reajuste de los conceptos nobleza y casta en la selección. Estos sí son puntos de fuerza por los que abría que abogar en perfecto equilibrio para remediar la situación. Este es el problema de fondo y no las características de una puya

Queda no sólo reconocer sino admirar la sabia selección con los que algunos ganaderos permiten desarrollar la bravura en correcta armonía con la noble acometida. Quizá sean pocos, pero aún hay quien ajeno a todo absolutismo mantiene su gusto por la casta del pasado como algo vivo en el presente.

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