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Manuel Viera - 04/05/2016

Conozco su toreo bien hecho y bien contado. Ese capaz de dotarlo del  recuerdo inolvidable tras dejar definido en el ruedo de una plaza su futuro de torero. Lo he visto evolucionar. Sin  embargo, mi ilusión se contradice con la desesperante posición combativa en busca de un objetivo utópico. Quiere y puede, pero no le dejan. Sé de su lucha diaria, sorda y desesperante, en un sector muy a la baja en esta triste época convulsa e interminable para las novilladas.

La pérdida continua de estos festejos menores en las programaciones de las ferias de las ciudades de España hace difícil la tarea de torear. Ni siquiera lo hace en plazas de pueblos tras la extinción por déficit en la organización y ese otro cambio, instado por los ayuntamientos, de exigir corrida de primera en el único festejo anual obligado. Hace años que las novilladas picadas desaparecieron de la programación de las fiestas patronales por ser deficitarias. Un conflicto para su organización. Un problema en el que hay prisas por quitárselo de encima.

Dicho lo cual, alguien, que también lo vio y le convenció, Álvaro Rodríguez del Moral, por enésima vez me pregunta qué ocurrió con Daniel Araujo, aquel becerrista de Utrera que dejó atisbos de buen toreo una noche de julio de 2013 en la Maestranza de Sevilla y, un año después, en novillada benéfica, organizada por la Hermandad de los Gitanos, en su pueblo natal. Y me vuelve a preguntar qué queda de su ilusionante toreo. La respuesta es bien sencilla: Todo. Desesperado pero esperanzado. Seguro de sí mismo y de su concepto pese a llevar un lustro con los sueños frustrados. Entre la escasez de festejos y el alto canon exigido para poder torear no encuentra plaza, ni lugar,  para debutar con utreros. La responsabilidad del desconcierto y la destrucción del encanto en una condena: no torear. Una forma de cuestionar los valores, cualidades y calidades de quien está convencido de poseerlos. Un noble deseo imposible de hacerlo realidad. 

Me produce cierta vergüenza utilizarlo a modo de reivindicación. Y más aún convertirlo en causa. Porque los que tienen el poder para cambiar la situación no van a cambiar nada. Y todos sus discursos de defensa y apoyo a la Fiesta son interpretaciones contrapuestas e improbables que se produzcan. De todas formas, las circunstancias no lo aburren. No lo derrumban. Sólo tiene impaciencia porque… "tengo algo que decir, pero no sé cuándo me van a dejar decirlo".         

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