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Manuel Viera - 01/10/2014

Tengo el insistente machaqueo de la frase pronunciada hace unos días por Emilio Muñoz durante la charla entre el torero y el periodista Sánchez Araujo, en los interesantes “mano a mano” de la sevillana Fundación Cajasol: “los taurinos gestionan muy mal su mundo”. Pues sí. Mal. Muy mal. La prueba contundente de la acertada afirmación del maestro es observar el día a día. Tarde sí y tarde no. Feria tras feria. Y todo con un denominador común entre los muchos problemas que machacan la Fiesta: el toro. El determinante para hacer el toreo.

¿Y qué es el toreo sin la emoción del toro? Un baile de trazos técnicos e insustanciales que cansan, aburren y provocan el bostezo convirtiendo la lidia en un insoportable espectáculo de largo metraje tedioso y anodino. Emoción que se convierte en desánimo. En cabreo de una gente que no entiende como le exigen pagar tanto para ver tan poco.

Ha sucedido en la Maestranza de Sevilla durante una mala Feria de San Miguel. Toros descastados, flojos, desfondados… sólo con la nobleza habitual exigible para un equivocado toreo moderno. Toros que claudican antes de llegar al simulado tercio de varas. Toros parados, sin vida, que chafan ilusiones y, lo que es peor, echan a la gente de las plazas. De nada vale la calidad almibarada de una embestida si ésta dura un suspiro. De nada vale el espectacular galope al cite si al llegar el animal a la tela se desfonda y se para. Y así uno, y otro, y otro… hasta acabar con el rito convirtiéndolo en soporífera representación.

En poco tiempo los taurinos comenzarán a analizar y a decidir qué hacer antes los graves problemas de una Fiesta atacada, tocada y herida. Y como todos los años, tras la finalización de la temporada, florecerán las ideas. Crecerán las voces que se alzarán en las mesas de reuniones, aunque a uno le provoque hilaridad ver como los buenos deseos quedan en nada.

Tengo la insistente fantasía que si de una vez por todas las más representativas agrupaciones de matadores de toros, ganaderos y empresarios se obligasen por la apuesta de futuro disiparían muchas dudas acerca de la fortaleza de las corridas de toros. Pero no, porque los pocos que por esto opten se volverán a tropezar con los listos e insolentes de siempre. O, tal vez, llegado el momento ellos mismos se transmuten en tales por propios intereses.

Para que no nos confundamos: ¿de qué vale exigir la revisión de los costes de producción del espectáculo y los pliegos de condiciones de las plazas de toros, para a la vez hacerlas asequibles al público, si después el “toro” lo echa de ellas? Esta actitud con la exigencia, en la que ya casi nadie cree, no esconde más que una solemne y absoluta vacuidad en la compleja y difícil Fiesta, donde siempre se destruye el inútil sueño de la satisfacción final.
 

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