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Manuel Viera - 04/11/2015

Una de las nada despreciables ventajas que aún tiene el toreo en México es que la gente sigue llenando las plazas al reclamo de las figuras pese a los muchos sinsentidos que abundan en muchas de las tardes de toros. Y no sólo en cosos de segunda, sino en la mismísima Plaza México. La constatación no precisa más que ver la descarada engañifa del pasado domingo y, sobre todo, lo lidiado en la primera corrida de inauguración de su Temporada Grande. Hubo momentos en la tarde en los que la escasa seriedad de algunos de los toros minimizó la emoción de un toreo de alta nota y enorme calidad. Faltaba el toro que, pese a la dulzura de su embestida, habría de sublimar la cumbre alcanzada por el nuevo ídolo mexicano Joselito Adame.

Quizá convenga, en todo caso, recordar que sin toro carece de sentido el espectáculo. Dicho lo cual es difícil de imaginar que en el primer festejo importante del inicio de la temporada taurina en México DF no hubiese seis toros en el campo bravo azteca, con presencia y hechuras, para la más importante plaza de América. Parece como si nadie se tomara en serio un problema que sigue lastrando el devenir de las corridas de toros en los países de habla hispana. Presenciar a la primera de cambio a José María Manzanares, ante treinta mil espectadores in situ, lidiar un toro sin presencia es una de las mayores decepciones que puede dar el toreo, además de una triste imagen de la figura española.

Por eso deben manifestarse, allí también, los verdaderamente inteligentes respecto a esos otros muchos “sabios”, capaces de jugar con la confusión, que se avienen sin escrúpulos a esta visión de una Fiesta tan poco seria. Pese a que se salven tardes con oasis de calidad y bravura que hacen brillar talentos. Brilló Joselito Adame, con dos faenas calificadas de antológicas, con más o menos toro, allí suficiente, según se vio, para hacer grande el toreo.

De todas formas, es ahora, en momentos tan delicados por los que pasa la Fiesta, cuando toreros y ganaderos se han de crecer para lograr objetivos que sólo se consiguen en el ruedo de la plaza y la dehesa ganadera, y hacer de ellos un fin en sí mismo. Porque, si no, aquí y allí, seguiremos unidos en la decepción.

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