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Mariano Aliaga - 10/01/2015

Principio de invierno, cálido por sorpresa, donde hombres de oro y plata sin América visitan sastres para nuevos encargos, los pudientes, o reparaciones de punto, no pudiente mayoría, con la mirada en campo y entrenamiento. Ganaderos en labores propias con tardes al calor de chimenea y recuerdos, más noches con sueños de temporada.

Mientras, los de antaño con traje, corbata y taco en bolsillo del pantalón, ahora con casual vestimenta y talonario de pagarés en interior de chaqueta, intentan cerrar contratos de primeras ferias siguiendo el orden establecido, es decir, de arriba abajo del escalafón, edificando la casa de su feria con tejas de figuras como protección ante lluvia de críticas que serán después canalones por donde correrán otras ilusiones. Cimentarán seriales donde los materiales seguirán siendo los mismos, de espaldas a la evolución y demanda de interés para el pagador, manteniendo columnas y pilares que aseguren el mínimo rendimiento en caja, aunque los constructores después suelten algún quejido por costes inasumibles -dicen-, incluso de sus toreros apoderados, -esto no lo dicen-.

Asegurado el esqueleto del edificio como prioridad absoluta y desembolso fundamental, quedan los accesorios, piensan. Como tabiques sirve pladur, escayola o cartón piedra, visto no en cuanto a calidad o méritos sino simplemente con mirada fija en etiqueta del precio, igual que cualquier urbanita en hiper de bricolaje. Paredes con clase media del escalafón, que al final hace brillar o apagar el edificio completo, cuadrando balances en euros. Lo más importante, parece.

Clase media de muchas “G”, imaginen G-50, que puestos a boicotear dejarían a aquellos diez o cinco con una boca abierta tan grande como la Maestranza, porque no tienen más poder que el que se les ha permitido amasar. Prohibido pensar que sin la tabla media, las figuras torearan una feria entera. Seguro que con un juicio más rápido que cualquiera de corrupción, la clase media sería condenada a sentencia de indiferencia infinita en carteles de por vida y futuras generaciones, por si acaso. Ese es el miedo. Y es comprensible.

La crisis de la construcción y la debilitada clase media. 

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