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Mariano Aliaga - 12/02/2016

Siempre es agradable compartir mesa con un compañero de la comunicación y más para conocerse personalmente. Nos citamos en un restaurante local y llega puntual a la cita cargado de etiquetas. Más visibles las externas vistiendo ropa informal de firma y más evidentes las internas expresándose fiel a su ideología, como auténtico y convencido representante de los que alguien ha bautizado como de la hoz y el martini.

Que si hay que derribar el sistema, dice mientras disfruta el foie de pato a la plancha con cebollita caramelizada, pasando después a una defensa contra los privilegios de la casta y atacando a la desigualdad de clases mientras masticaba despacio un lomo de buey en su jugo, pero argumentando con tanto ahínco que daba algo de miedo ver tenedor y cuchillo en sus manos.

Despistó un poco en los postres hablando del estado de bienestar y la desigualdad de clases, porque no supo aclarar si la tabla rasa era nuestra mesa, una sopa de sobre y patatas fritas con ketchup sobrante del burger, o huevos fritos conseguidos tras cuatro horas de espera en la cola del súper.

Después de dos tragos al gintonic con ingredientes de marcas impronunciables, pero aderezado con frambuesas y yo que sé más, reímos sobre la incomunicación directa en la era de las comunicaciones y añadimos que hay mucha gente que habla personalmente más con su mascota que con compañeros o amigos. Tras responder en silencio un par WhatsApp y algún mail urgente coincidimos que ambos tenemos un perro al que adoramos. Y se sorprende. Pero con cuatro explicaciones básicas sobre amores compatibles toro-mascota, el educado e inteligente compañero sube hasta arriba las persianas de los ojos queriendo saber más, mientras por dentro su árbol de navidad decorado con bolitas de utopías y prejuicios pierde la primera unidad.

La segunda cayó cuando quiso hablar con un grupo de aspirantes a toreros, que entrenaban serios, interesándose por las enseñanzas que recibían, escuchando en sus respuestas contundentes afirmaciones como disciplina, respeto, compañerismo, capacidad de sacrificio, esfuerzo, superación, dignidad y torería. Pero la estrella guía que corona su árbol ficticio cayó cuando en un aparte con dos aspirantes, chica y chico juveniles, quiso preguntarles el por qué. “Porque es lo que siento” respondió uno, y "Soy mejor persona" contestó la chica. Incrédulo, vuelve a preguntar "¿Seguro que te sientes mejor persona?". "Sin duda", respondieron con la firmeza que proporciona el convencimiento.

A partir de ese momento, el compañero, ahora también amigo, propone proyectos de divulgación de esos valores que para él estaban escondidos porque nunca recibió esa comunicación que ahora tiene ansia de propagar. Él, como tantos otros que pueden ser seguidores del Plasma y Parné o de Ciudadanos del péndulo, que nunca recibieron mensajes ni descolgaron etiquetas.

"La forma en que nos comunicamos con otros y con nosotros mismos, determina la calidad de nuestras vidas." (Anthony Robbins)

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