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Mariano Aliaga - 31/07/2015

Con este verano se encuentra España como el lado negro de la tortilla al darle la vuelta en la sartén tras un descuido imperdonable por instante súbito de pensamiento absorto. Dale que dale al abanico en las pocas tertulias restantes de vecinos sentados en sillas plegables de jardín, componiendo un “Sálvame” espontáneo con ventilador manual y botella de gaseosa rellenada de agua recién salida de la nevera para refresco de garganta caliente por la charla, a imagen de la cabeza por los acontecimientos recientes, componiendo el retrato de tantos municipios nacionales sufridores del estío.

En uno de esos corrillos de acera hablan unas vecinas, pero muy bajito porque la nueva presidenta de la comunidad, doña Concha, ha puesto un apartado en el tablón de anuncios para desmentir todas las informaciones de asuntos que ella misma creó. Estas vecinas dicen que la nueva regente ya no recuerda cuando la forma de expresión de sus seguidores eran los panfletos y las pintadas en las paredes del portal, eso que llamaba entonces libertad de expresión o broma. Pero sí tiene buena memoria para recordar que el portal se llamaba acceso, las escaleras eran pendientes y las puertas cortinas y por eso quiere cambiar nombres de los que nadie ya se acuerda. No permite el sacrificio de animales por estar encerradas las mascotas en pisitos de treinta metros cuadrados y por eso rechaza visitar cualquier casa de vecina con perrito o similar amenazando con desahucio y hasta bombardear a los amos que miman durante unos años la existencia de su familia animal. A este asunto es al que ha dedicado más tiempo y esfuerzo, mientras el ascensor sigue sin funcionar, la caldera con su fuga y el tejado sin goteras porque no llueve, aunque fueron promesas de reparación en la reunión vecinal donde salió elegida.

La pobre doña Concha, dicen, al menos ha podido contratar, con cargo al fondo comunitario, un mayordomo que le suba oficialmente las escaleras en brazos porque no anda bien y además el peso de los documentos de sus empresas cárnicas y peleteras hacen imposible el trayecto. Y claro, las vecinas se preguntan cuantas mascotas se podrían salvar y cuidar con ese dinero y con lo que la presidenta ha gastado en manifestarse en contra de las suyas en lugar de meterse con ellas, caramba. Por eso ven un futuro tan negro como el lado quemado de la tortilla y han decidido consultar a un amigo que vive en el centro, Merkiades, abogado y economista, que apuesta por una modernización y actualización del trato y los recintos más una implicación total de los protagonistas en la comunicación para colocar la relación a la altura de otras expresiones y así blindarse. Algo sin duda imprescindible, pero mientras las vecinas intentan comprender lo que quiere decir todo eso, siguen con el olor a chamusquina en la nariz.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 

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